Nuestro fracaso para imponer sanciones económicas devastadoras permitió que se desencadenaran las fuerzas del mal. Es hora de corregirlo.

Mientras el Japón imperial aplicaba una estrategia de agresión y destrucción asesina en China, Estados Unidos intentó en 1940 enfrentar a Tokio con una estrategia de restricciones económicas, embargos comerciales y la amenaza de congelar activos financieros.

El presidente Franklin Delano Roosevelt (FDR) dijo en ese momento que su intención no era poner de rodillas a Japón sino hacer que entrara en razón.

Hay lecciones de política y estrategia forjadas hace casi 85 años que es necesario aprender para volver a aplicar a medida que se hace evidente que Irán, autor intelectual de la reciente carnicería de Hamás en Israel, es la principal fuerza maligna en Medio Oriente.

Bajo FDR, el Departamento de Comercio creó un grupo de trabajo de especialistas que identificaron productos clave que creían vitales para la sociedad y el ejército japoneses. Desde el caucho y el petróleo hasta el cromo y la seda, sus importaciones y exportaciones se analizaron en el contexto de sus capacidades bélicas. El Tesoro de Estados Unidos también desplegó a sus analistas para que rastrearan las reservas de efectivo niponas, incluidas sus decenas de millones de dólares que, incluso entonces, eran la moneda crucial para el comercio internacional.

Washington se enfrenta ahora a un Teherán que recurre astutamente a la diplomacia, los proxies y las transferencias ocultas de criptomonedas para mover todos los hilos, desde el pago de importaciones hasta la financiación de quienes cumplen sus órdenes en Gaza, Siria, Irak y Yemen. Es un enemigo sofisticado y despiadado. Sin embargo, es estratégicamente vulnerable si Estados Unidos y sus aliados están dispuestos a recurrir a su arma más potente: las sanciones económicas.

Los analistas informan que, a medida que se aliviaban las sanciones estadounidenses, las exportaciones de petróleo iraní aumentaban significativamente. No sorprende que China haya aprovechado la oportunidad para alimentar su economía con el oro líquido iraní. Pero aquello queda en segundo plano cuando se considera cómo Irán usó sus crecientes ganancias petroleras para instigar un conflicto que dañó catastróficamente el camino hacia la paz en Medio Oriente. Trágicamente, las políticas equivocadas de la actual Administración estadounidense permitieron el desarrollo de estos acontecimientos.

Algunos pueden argumentar que dado que bajo la dirección iraní las milicias en Siria atacan a las fuerzas estadounidenses, tenemos el derecho de responder explotando las aguas de sus terminales petroleras. Esa escalada seguramente tendría consecuencias indeseadas. Pero nuestro fracaso a la hora de imponer y mantener sanciones económicas devastadoras nos obliga a comprender las fuerzas del mal que hemos permitido se desencadenen.

Como mínimo, Estados Unidos debería volver a una política que busque hacer que Irán entre en razón, si no que se ponga de rodillas. Es hora de volver a aplicar sanciones económicas estrictas.

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