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“El hombre jugando a ser Dios”, una lanza contra el peligroso progresismo moderno

El nuevo libro de Emmanuel Rincón es una bocanada de aire fresco y una obra necesaria para el mundo hispano, pues pocas veces se leen críticas tan directas y libres contra la clase política dominante woke.

“El hombre jugando a ser Dios”, libro de Emmanuel Rincón. (Cortesía)

“Los hombres no deberían jugar a ser Dios, cada miembro de la sociedad es una partícula individual que merece y debe hacer su propio camino, lo contrario no solo es antinatural, es destructivo”, Emmanuel Rincón en “El hombre jugando a ser Dios”.

En este momento, hay pocas personas más polémicas e influyentes en el mundo de la derecha hispana que el escritor, abogado y comunicador Emmanuel Rincón.

El venezolano, quien reside en Miami, desde hace años viene creciendo exponencialmente en X (antes Twitter) convirtiéndose en blanco de elogios y críticas por seguidores y detractores respectivamente.

Emmanuel no esconde sus posiciones ideológicas. Él lo admite, “mi familia sufrió al chavismo y al socialismo, por eso me opongo firmemente a estos sistemas y sus variantes”, y en su más reciente libro, “El hombre jugando a ser Dios”, nos vuelve a recordar los peligros de los regímenes colectivistas, pero añade una mirada extra que vale mucho la pena: la clara intención del nuevo hombre izquierdista de jugar a ser Dios.

Rincón escribe sobre el progresista moderno, de apariencia débil y afable, completamente apartado del sentido común, quien venció en su propio terreno al izquierdista clásico, de formas más varoniles, apartándolo del rol protagónico en los grandes medios o en las corrientes de pensamiento de moda.

Siguiendo esa senda, ya los dictadores como Castro, o los guerrilleros marxistas, no captan la atención de los grandes medios izquierdistas occidentales, ahora se le presta atención al izquierdista moderno, woke, quien aparenta defender la democracia, la igualdad o a cualquier minoría que se les ocurra, como Justin Trudeau.

El problema es simple: este izquierdista moderno, según el autor, no tiene buenas intenciones y a la vista se nota que está llevando adelante una cruzada delirante que busca manejar todos los aspectos de la vida del hombre común.

Rincón explica que los gobiernos occidentales, bajo una fachada democrática, han empezado un proceso preocupante de tiranización donde se le impone al ciudadano una serie de trabas para vivir en sociedad.

El autor explica que el hombre común ya no puede, en países supuestamente libres, vivir sin rendirle un tributo económico altísimo al Estado al momento de ir al supermercado, abrir un negocio o incluso suceder una herencia. Tampoco puede decidir plenamente sobre su cuerpo. Por ejemplo, durante la pandemia del COVID-19, en la mayoría de los países occidentales el hombre común no podía elegir si usar o no una máscara impuesta sin una razón científica por los burócratas sanitarios. No podía, ni siquiera, optar por la opción de no tomar la vacuna contra el coronavirus, pues la clase dominante, mayoritariamente progresista, es tan liberticida que quiere, a como dé lugar, dominar de forma omnipresente la vida de nosotros, el pueblo.

Ya no solo es el bolsillo del ciudadano, el líder progresista de turno busca, sin dudas, llegar a tus hijos; a tu familia, a través de un sistema de educación cada vez más radicalizado en nombre de lo woke.

¿Y qué es lo woke? Una forma de volver el sinsentido y la locura lo usual, lo normal. De que la gente niegue su naturaleza, su esencia y los hechos más básicos como su fisionomía. Es una ideología invasiva, como un virus, que va relativizando todo concepto tangible para convertirlos en indefiniciones contrarias a lo correcto, lo decente y lo bello. Por eso el progresista moderno odia, de acuerdo con el autor, lo estético, lo exitoso y, en definitiva, lo lógico.

Esta indefinición constante, que en última instancia aleja al hombre común no solo de su razón, sino también de Dios —pues lo que desea el progresista estatista es, en definitiva, convertirse en deidad a través del aparato represor que controla—, también provoca la indefinición del ciudadano en cuanto a sus motivaciones.

“En este nuevo mundo, donde reina la mediocridad y el relativismo, no hay incentivos para ser eficientes. Para ser o venderse como una víctima, no importa el talento ni la disciplina, sino las cuotas políticas, raciales y de género; y así, se va deconstruyendo el planeta y el pensamiento de la humanidad hasta llegar el momento en el que para construir un edificio no exijamos títulos de ingeniería y/o arquitectura, sino sensibilidad y algún tipo de cuota minoritaria; evidentemente, bajo ese tipo de sociedades lo único que puede ocurrir es que los edificios se vengan abajo y las personas mueran, y ese es precisamente el futuro al que nos dirigimos de no corregir el rumbo”, escribe muy atinadamente Rincón, pues si no se pone un freno a los peligrosos hombres que juegan a ser Dios, en poco tiempo la anormalidad se va a volver usual, al mejor estilo de una sociedad orweliana.

El perfecto ejemplo es como ya existen hombres que, autodefiniéndose mujeres, se inscriben, participan y arrasan en las categorías deportivas femeninas.

“El hombre jugando a ser Dios”, además de ser una lanza contra el peligroso progresismo moderno, es una bocanada de aire fresco y una obra necesaria para el mundo hispano, pues pocas veces se leen críticas tan directas y libres contra la clase política dominante y sus formas de alejarnos de nuestra esencia.

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