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Biden traiciona los intereses americanos e israelíes

El bloqueo del suministro de armas demuestra que Washington prefiere que Hamás gane la guerra que inició el 7 de octubre. Aquel final causará un daño incalculable para Estados Unidos, tanto en casa como en el extranjero.

El presidente estadounidense Joe Biden (izq.) habla mientras el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, escucha antes de su reunión en Tel Aviv

Joe Biden y Benjamín Netanyahu (Brendan Smialowski / AFP)

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Esta no es la primera disputa entre los gobiernos de Estados Unidos e Israel. Tampoco es la primera vez que Washington utiliza el suministro de armas para intentar presionar al Estado judío. Pero la última medida del presidente Joe Biden no tiene precedentes.

Al declarar que dejará de suministrar armas a Israel, incluidas bombas pesadas de alta tecnología y proyectiles de artillería, si intenta entrar en Rafah para eliminar el último bastión de Hamás en Gaza, el demócrata hizo una declaración que no deja lugar a dudas: Estados Unidos ordena el fin de la guerra que el grupo terrorista inició masacrando hombres, mujeres y niños el 7 de octubre.

Que Israel se someta al dictado de Biden no solo resultaría en la supervivencia de un grupo terrorista genocida -que, así, podría llevar a término su promesa de cometer más horrores como el del Sábado Negro-. Semejante evolución significaría también que Hamás sería visto como el vencedor del conflicto. Aquello tendría consecuencias de gran alcance tanto para la seguridad de los israelíes como para los aliados árabes de Washington. También sería un triunfo para Irán, el principal respaldo de Hamás, y sus proxies terroristas.

Un discurso engañoso sobre el Holocausto

La impactante traición se volvió aún más amarga por una engañosa decisión del presidente: posponer el anuncio hasta después de su discurso en conmemoración del Holocausto. Fue el 7 de mayo en el Capitolio, exactamente siete meses después del día de las atrocidades. En su alocución, Biden expresó un firme apoyo a Israel y a una dura reprimenda para Hamás. También prometió "nunca olvidar" la tragedia del pasado octubre. Dado que las amenazas de un corte del flujo armamentístico estaban ya en circulación, había buenas razones para creer que el discurso, por lo demás ejemplar, era parte de un doble juego de la Administración. Como se podía dilucidar entonces, y a pesar de su promesa, Biden había olvidado tanto las atrocidades de los terroristas como el sufrimiento de los rehenes.

Las maniobras del Gobierno hasta aquel momento habían eliminado todo incentivo que hubiera podido tener la formación islamista para devolver a los cerca de 130 rehenes en su poder o abandonar su misión de recuperar el control de Gaza. El equipo de Biden ha estado presionando incansablemente a Israel para que haga concesiones obscenas a los terroristas. Como era de esperar, no importa lo que ceda Israel. Nunca es suficiente para Hamás. Sus líderes creen que Biden no dejará que los derroten, por lo que pueden seguir diciendo "no" sin ninguna represalia.

El anuncio del corte de armas sólo reafirma esa creencia. A pesar de seguir expresando labios para afuera que desea alcanzar un acuerdo para liberar a los rehenes, Biden ha sellado sus destinos -incluido el de los cinco estadounidenses, presumiblemente en algún lugar en los túneles bajo Rafah- con sus recientes amenazas a Israel.

Una traición sin precedentes

Los judíos apologistas de Biden pueden señalar las disputas de antaño entre gobiernos israelíes y las administraciones de Nixon, Reagan, George HW Bush y Obama, cuando Washington intentó utilizar su influencia sobre Israel para obligarlo a cumplir sus deseos. Pero ninguno de esos casos se produjo durante una guerra con un grupo terrorista con el cual un acuerdo de paz no es ni teóricamente posible.

Una cosa era que Henry Kissinger impidiera a Israel una victoria definitiva sobre Egipto en la Guerra de Yom Kippur (1973), con la esperanza de que eso condujera (como sucedió unos años más tarde) al fin del conflicto entre esas dos naciones. Otra muy distinta es que Biden salve de la destrucción a un grupo genocida como Hamás y lo unja así como la voz dominante del nacionalismo palestino en el futuro previsible.

Las esperanzas de una solución de dos Estados al conflicto siempre fueron producto de un pensamiento occidental mágico que ignora el hecho bien sabido de que ni Hamás ni el supuestamente más moderado Fatah, ni la Autoridad Palestina que lidera, están dispuestos a reconocer la legitimidad de un Estado judío. De nada importa donde se tracen sus fronteras. Pero permitir la supervivencia de Hamás en cualquier parte de Gaza -e incluso tratarla como prioridad y reemplazo de la alianza con Israel- garantizará el agigantamiento de la influencia islamista sobre la política y la cultura palestina.

El corte al flujo de armas será sólo el comienzo.

Si Estados Unidos no hubiera impedido la derrota rápida de todo vestigio de Hamás en suelo gazatí, los palestinos podrían haber tenido la oportunidad de comprender que necesitan cambiar su cultura política para abrazar la paz y la coexistencia. Al igual que los alemanes que sacaron la única conclusión posible de la derrota de su país y la reducción de sus ciudades a escombros en 1945, los palestinos podrían haberse visto obligados a cambiar.

Aquella hubiese sido una oportunidad para que renueven su sentido de identidad nacional, que está indisolublemente ligado con la batalla por destruir a Israel. Pero gracias al movimiento internacional que surgió para defender a Hamás tras el 7 de octubre y al correspondiente aumento del antisemitismo, los palestinos siguen convencidos de la viabilidad de su fantasía: un mundo sin el Estado judío.

Al ceder ante la presión de quienes piensan así, Biden aseguró la continuidad de la masacre. Esto ayudará a fortalecer la presencia de Hamás en Judea y Samaria, y aumentará la probabilidad de un retorno a un estilo de terrorismo más parecido al de la Segunda Intifada. También significa que incluso si Israel procede como debe y limpia Rafah, el grupo terrorista se verá envalentonado para reagruparse y volver a la lucha tan pronto pueda.

El corte al flujo de armas será sólo el comienzo. El siguiente paso sería que Washington aceptara todo tipo de sanciones de las Naciones Unidas o el reconocimiento de un Estado palestino que convertiría a Israel en un paria. Un Israel abandonado por Estados Unidos de esta manera viviría sujeto a represalias siempre que no se doblegase a su potencia aliada.

No importa quién dirija el Estado judío, no se rendirá dócilmente a este tipo de presión. Netanyahu señaló que la Guerra de Independencia de 1948 se ganó sin armas estadounidenses. De hecho, como pocas personas parecen recordar ahora, la Casa Blanca no empezó a tratar a Israel como un aliado, en lugar de una molestia y un obstáculo para las buenas relaciones con los Estados árabes hostiles, hasta después de que ganó la Guerra de los Seis Días de 1967 (una vez más, en gran medida sin ninguna ayuda real de los estadounidenses).

A pesar de aquello, también es cierto que la ruptura de la alianza disminuye la posición estratégica de Israel en formas incalculables. Si se le censura por haber eliminado al grupo terrorista o si Hamás sigue en pie al final de la guerra, las amenazas contra su seguridad aumentarán rápidamente junto con su aislamiento internacional.

Empeorará, entonces, la situación en el norte, donde los grupos terroristas afines a Irán han vuelto inhabitables las comunidades fronterizas. Teherán también se verá alentado a usar su control sobre Siria y sus aliados hutíes en Yemen para apretar aún más el lazo alrededor del asediado Estado judío.

Pero no serían sólo malas noticias para Israel.

Un regalo para Irán y otros enemigos

Por mucho que la Administración Biden todavía mantenga sus esperanzas de un acercamiento con el régimen iraní, este nunca ha estado interesado. Cree estar en guerra con Occidente y Estados Unidos, incluso si muchos en el establishment de la política exterior estadounidense y europea desean ignorar este hecho.

Una derrota israelí haría imposible ampliar los Acuerdos de Abraham que el expresidente Donald Trump logró en 2020. Biden y sus portavoces, como el columnista del New York Times Thomas Friedman, pueden pensar que es posible obtener la creación de un Estado palestino a cambio de que Arabia Saudita reconozca a Israel.

Los saudíes, sin embargo, no tienen interés en la creación de otro Estado fallido en la región que inevitablemente estaría vinculado a sus enemigos iraníes. Un Israel aislado no sería el "caballo ganador" que los árabes suníes ven como un baluarte contra Irán. Es más, no les quedaría más remedio que hacer las paces con Teherán, lo que significaría una disminución de la influencia estadounidense en la región, cuyos recursos energéticos siguen siendo importantes para Occidente.

Pero las consecuencias para Estados Unidos no se limitarán a Oriente Medio.

El abandono de un aliado atacado con semejante crudeza dejaría otro precedente de la irresponsabilidad de Washington, que se sumaría a la vergonzosa retirada de Afganistán en el verano de 2021. Rusia, viendo aquello, fortalecería su determinación de continuar la guerra contra Ucrania. En Asia, Taiwán se vería socavado. Traicionar a Israel debilitará la credibilidad de Estados Unidos en todas partes.

¿Por qué actúa así Biden?

La Casa Blanca asegura que su única motivación son las vidas civiles en Rafah. Así, no hace más que esparcir la mentira de que el ejército israelí está cometiendo un genocidio en Gaza. Falsedad que Biden debería refutar. Israel no ha estado participando en ataques desenfrenados o indiscriminados contra los palestinos, en cambio ha hecho todo lo posible para evitar víctimas civiles, y lo ha hecho con más éxito que cualquier otro ejército moderno involucrado en una guerra urbana.

La decisión de prestar oído a los pedidos de que se limite o ponga fin a la ayuda a Israel está motivada en gran medida por su vacilante campaña de reelección. Tras meses de protestas de activistas demócratas, Biden ha dado un giro de 180 grados respecto de su encomiable apoyo inicial a Israel y el objetivo de eliminar a Hamás.

Al igual que sus errores en el escenario internacional, este es un desacierto asombrosamente obtuso. Cortar la entrega de algunas armas no hará que las turbas antisemitas dejen de gritar "Genocide Joe" (Joe, el genocida) en campus y calles estadounidenses.

De hecho, sólo las envalentonará aún más. Aumentarán su presión, reclamando una ruptura total con el Estado judío que Biden no podrá satisfacer incluso si Netanyahu ordena la captura de Rafah. También garantizará que la Convención Nacional Demócrata en Chicago este verano sea asediada por manifestantes pro-Hamás, lo que inflamará aún más la división entre la base demócrata de izquierda y el centrismo que todavía queda en el partido.

El cambio de postura de Biden también ignora que todavía quedan muchos más votos por perder en el centro político proisraelí de este país que en la izquierda que odia a Israel.

Impulsando el aumento del antisemitismo

Sin embargo, la irresponsabilidad de esta medida es un recordatorio de que no se trata simplemente de un error de cálculo político, sino de una ilustración de la ideología central de la mayoría de los asesores de Biden. Este grupo de exalumnos de la Administración Obama todavía arde con el deseo de someter a Israel y obligarlo a aceptar un reordenamiento de la política exterior estadounidense en el que aliados como el Estado judío y los sauditas sean degradados para priorizar mejores relaciones con Irán.

Aunque sus esperanzas de revivir el débil acuerdo nuclear con Irán se vieron frustradas, el 7 de octubre les presentó una nueva oportunidad de ampliar la brecha entre Estados Unidos e Israel. El mayor asesinato en masa de judíos desde la Segunda Guerra Mundial revitalizó a los apaciguadores de Irán, así como también hizo con los antisemitas en las calles y los campus.

Mirado desde la perspectiva correcta, el abandono de Israel no debe ser visto simplemente como otra disputa entre los dos países. Como un desacuerdo sobre el mejor camino hacia la paz o cómo manejar las amenazas terroristas. Más bien, es una consecuencia del auge de la ideología woke en la sociedad estadounidense y de la larga marcha de los progresistas a través de las instituciones del país. El objetivo de este movimiento no es sólo imponer políticas raciales que dividan aún más a los ciudadanos, sino también dañar al único Estado judío del planeta.

Es terrible para Israel, pero también para Estados Unidos. La decisión de Biden no es sólo un regalo para Hamás, sino también una victoria para los mismos defensores del antisemitismo que el presidente condenó en su discurso de conmemoración del Holocausto.

Valiente y resistente, el Estado judío sufrirá la vergonzosa decisión de Biden, pero sobrevivirá. Las consecuencias para la influencia americana en el extranjero, así como para la decencia dentro de sus fronteras, pueden ser igual de graves, si no peores.

© JNS

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