Propaganda palestina: credibilidad y estulticia
La propaganda palestina es eficaz – de la misma manera de los falsos protocolos, de los que, por otra parte, ha bebido en abundancia -, pero ello no convierte su contenido en verdadero, en factual.

Manifestantes con una pancarta y un cartel durante una manifestación en apoyo a Palestina en París
La propaganda palestina es eficaz – de la misma manera de los falsos protocolos, de los que, por otra parte, ha bebido en abundancia -, pero ello no convierte su contenido en verdadero, en factual. A lo más, la eficiencia descansa en una voluntarista, y malpensada, ilusión de verdad y consenso.
Es tan eficaz, que ha hecho creer lo evidentemente opuesto a la realidad.
Pero ha logrado aún algo más preocupante: emparentado, como argumento, verdad y eficacia, ha puesto en juego, no la justicia ni la tolerancia, sino su contrario: el garrote como fuerza moral o la “moral” como garrote y mordaza. Por ello mismo es una “causa” abrazada por la Unión Soviética en su momento, por Catar, por China, Venezuela, los ayatolás, cuanta satrapía haya, y antisemita, arribista y oportunista haya.
Todo recubierto, para su consumo occidental, por la cínica sopa de letras académica de “post colonialismo”, “orientalismo” y demás ‘ismos; por una bandera proveniente de la revuelta árabe de 1916 contra Turquía, por una kufiya originaria de Kufa, en Iraq y por un flujo casi inagotable de dinero y de “argumentos” proveniente de diversas y “generosas” fuentes.
Y sus destinatarios, envueltos en los disfraces de todo y nada que es ese multiculturalismo que ya no disimula el miedo, la estupidez y el entreguismo, creen que a ritmo de Cumbayá se tuerce el destino o se apacigua a los maleantes.
En medio de esa invención, de ese happening hipócrita y lastimoso, un grupo de personas, los palestinos, de aquellos que habitualmente se denomina “de a pie” – definitivamente no los que viven en mansiones en Cisjordania (que la prensa evita mostrar por la salud de la fabricación), ni entre lujos en el extranjero -, son tratados, utilizados por sus amadísimos líderes, sus valedores y toda la cohorte de festejantes (todos muy derechos y humanos) como meros elementos necesarios de esa propaganda, de la coartada para el ejercicio impune del rancio antisemitismo. Su centralidad, importancia se extingue abruptamente en cuanto su mención, sus acciones o padecimientos no sirven para el fin determinado: entonces, vale hacer con ellos lo que hicieron los Assad en Siria y la monarquía jordana en los 1970; tratarlos como seres de segunda como en el Líbano o Kuwait, o considerarlos indignos como los egipcios con esa frontera que parece la costura hiperbólica de un cirujano obseso.
Y entre danza que busca vincularse en los años 1960, y proclama, con los 1930, rueda por las calles tan manifestadas, la harto mentada moral… Como esa pelota de tiento que todos dicen recordar y añorar, que todos dicen haber tenido, pero que ya nadie utiliza. “Desde el río hasta el mar” es la forma que esa propaganda ha ensañado a tantos occidentales a abrazar el suicidio como si fuese la poción de la Justicia y la Inmortalidad: la ingeniería del consenso de la que hablaba Edward Barnays. El cultivo y enaltecimiento de la credulidad y la estulticia.