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Fulton Sheen, un monumento anticomunista en la Iglesia Católica

Al final la culpa la tenía el hombre cristiano occidental. No existiría el comunismo si el mundo cristiano no hubiera dejado de comportarse cristianamente.

Ahora beato Fulton Sheen.

Ahora beato Fulton Sheen.ABC Radio

Orlando Avendaño
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Este jueves decenas de miles de católicos se reunieron en San Louis, Missouri, para celebrar la beatificación de uno de los hombres más extraordinarios de la historia de la Iglesia en Estados Unidos. Cerca de 50 mil personas, en el Dome at America's Center, para dejar de llamar sacerdote a Fulton Sheen. Ahora es beato.

Hay mucho que decir sobre Sheen. Sin duda, fue el evangelizador más importante que tuvo la Iglesia Católica en Estados Unidos. Primero, a través de un programa de radio en NBC, entre 1930 y 1950, llamado The Catholic Hour. Luego dio el salto a la televisión. De 1952 a 1957 presentó Life is Worth Living; finalmente, entre 1961 y 1968, ahora en ABC, el The Fulton Sheen Program. 

Fue un intelectual. Sentó a millones de estadounidenses frente al televisor para hablarles de teología, de Dios, del pecado, del sufrimiento, de la libertad y la naturaleza humana. Sin embargo, quisiera rescatar aquí uno de sus lados más valiosos, por lo que significó para la Iglesia en tiempos sensibles: el anticomunista Fulton Sheen.

Sheen comprendió que el comunismo no era simplemente un sistema económico defectuoso. Tampoco una teoría sobre la distribución de la riqueza que se limitaba a discusiones economicistas. Era algo mucho más profundo y, por lo tanto, más peligroso: una concepción integral del hombre y del mundo que rivalizaba directamente con el cristianismo.

Primero lo desarrolló en 1948, en su gran obra Communism and the Conscience of the West. Allí, Sheen plantea que la gran disputa de su tiempo no era entre individualismo y colectivismo o entre capitalismo y socialismo. El problema que Sheen precisa, y que nutre los movimientos comunistas, no era la frustración con los modelos económicos sino una suerte de enfermedad del alma: el hombre occidental le había dado la espalda a Dios para abalanzarse sobre el materialismo.

El comunismo, decía Sheen, era la reducción del hombre a material disponible para la edificación de un proyecto político. Para ello, era fundamental que se negara la semejanza del hombre con Dios, su dignidad, su alma, su apetito de trascendencia y su propia naturaleza.

Las reflexiones de Sheen no eran complacientes. Al final la culpa la tenía el hombre cristiano occidental. No existiría el comunismo si el mundo cristiano no hubiera dejado de comportarse cristianamente. Es, al final, consecuencia de algo que en su época precisó pero que hoy palpamos con más fuerza: un profundo nihilismo.

Por ello, para Sheen la alternativa al marxismo no es simplemente un capitalismo sin contención. De hecho, su postura es también severa con un mercado desatado —uno que redujera al hombre a su función económica. Para él, la propiedad privada era sagrada porque contribuía a preservar una esfera de responsabilidad, autonomía y libertad.

"El hombre trabaja más y con mayor disposición cuando trabaja sobre aquello que es suyo", escribió. ????

La alternativa al comunismo que debía proponer el cristiano no era, entonces, sustituir un materialismo por otro. Se trataba de recuperar la esencia del hombre cristiano.

"Y cuando una civilización empieza a morir moral o espiritualmente, entonces empiezan a aparecer buitres. Y esa es la naturaleza del comunismo en el mundo", dijo en uno de los episodios de su popular programa de televisión.

"El comunismo es la carroña de una civilización en decaimiento. Se infiltra en un país, en su cultura, solo cuando esa cultura empieza a pudrirse desde adentro", agregó.

Y estas reflexiones marcaron en gran parte su prédica. Fue una cruzada personal, más allá de todas sus causas, televisadas ante millones de personas. Y así fue hasta que murió en 1979 habiendo sido testigo de buena parte del horror que había denunciado. Si bien no vivió para presenciar la caída del Muro de Berlín, fue abrazado por otro de los grandes protagonistas del combate espiritual contra el comunismo en el siglo XX.

Apenas dos meses antes de su muerte, el papa Juan Pablo II visitó la Catedral de San Patricio en Nueva York. Pidió que allí estuviera Sheen y, cuando lo vio, lo abrazó y le dijo frente a todos los que estaban presentes: "Has escrito y hablado bien del señor Jesucristo. Eres un hijo leal de la Iglesia". Y casi medio siglo después, la Iglesia lo eleva como beato.

Vale la pena recordarlo hoy, en su semana de gloria, no solo como el elocuente y agudo predicador, el profundo intelectual o el valiente cristiano. También como uno de los principales referentes del anticomunismo católico del siglo XX. Una voz en un contexto áspero: unos años antes de su muerte, un sacerdote peruano, Gustavo Gutiérrez, publicaba un libro que se convertiría en la chispa del movimiento socialista dentro de la Iglesia latinoamericana.

Sheen comprendió algo que se pierde de vista cuando el comunismo se evalúa únicamente desde una perspectiva económica. Una lectura problemática, que al final ha sumido a Occidente en una dogmática dinámica de consumo. Para Sheen el problema comienza antes. Se trata de la pregunta por el hombre: ¿qué es el hombre? ¿Tiene una dignidad que ningún Estado puede conceder o arrebatar o solo es materia a disposición de la política?

Para Fulton Sheen, antes que todas las discusiones económicas se hallaba esa pregunta. Y por ello es que su anticomunismo, antes que político, era cristiano.

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