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Argentina en el día de la marmota: otro 24 de marzo luchando contra los fantasmas

La sociedad que se inmunizó para siempre del golpismo militar, no tiene defensas contra el discurso del castrismo setentista. Ni una alarma suena cuando la narrativa terrorista, orgullosa de su pasado, educa a las nuevas generaciones de argentinos

La Junta Militar argentina en 1977

La Junta Militar argentina en 1977©Rue des Archives/AGIP/Cordon Press.

El 10 de diciembre de 1983 terminó en Argentina la última dictadura militar conocida como “Proceso de Reorganización Nacional”. El golpe de Estado que le dió origen comenzó el 24 de marzo de 1976 y aconteció como colofón de un ciclo de violencia terrorista a cargo de organizaciones que buscaban implementar en el país una “patria socialista” a imagen y semejanza del régimen cubano, verdadero titiritero de estos terroristas.

Cuando el “Proceso” terminó y los argentinos volvieron a votar, se implementó en Argentina un molde para metabolizar los acontecimientos relacionados con dicha violencia setentista y el golpe militar que derivó de ella. Este molde funcionó como un manual de uso, pautó la manera en que las personas sentían, opinaban, juzgaban, recordaban y se pensaban a sí mismas acerca de una época cuya sola existencia significaba un trauma. En los albores democráticos esto podría atribuirse a la turbación que significó para la sociedad ver puestas sobre la mesa, todos juntas, la lista de atrocidades cometidas por las Juntas Militares. La revelación del horror transcurrido significó una conmoción dolorosa y asfixiante.

El libro “Nunca Más”, que relataba estos acontecimientos, se transformó en bestseller y en base argumentativa para toda producción académica, periodística, cultural, televisiva y simbólica de cualquier cuño, administró el sentir general y canalizó el desconcierto. Cierto que no fue el único material con el que los argentinos organizaron su narrativa post dictadura, pero marcaba los límites dentro de los cuales había que pintar.

En su prólogo, el escritor Ernesto Sábato decía: "Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Así aconteció en Italia, que durante largos años debió sufrir la despiadada acción de las formaciones fascistas, de las Brigadas Rojas y de grupos similares. Pero esa nación no abandonó en ningún momento los principios del derecho para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de la defensa en juicio; (...). No fue de esta manera en nuestro país: a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos”

Poco después, el juicio a las Juntas Militares sellaba para siempre la historia de alternancias golpistas impuesta desde 1930. El peligro de un golpe militar estaba definitivamente enterrado. Ninguna inestabilidad, ningún estallido social, ninguna reivindicación, ningún político, ninguna condición externa o interna podrían reavivar ese fantasma específico. Argentina no volvió a estar, ni remotamente, en peligro de sufrir un golpe militar desde 1983. Es posible que ese sea nuestro único logro en décadas.

Sin embargo, en lo relativo a la memoria, comenzó a crecer una reescritura sistemática y gradual de lo que Sábato distingue como la época convulsionada por un terror que provenía tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países.

Apareció una pertinaz amnesia selectiva sobre los acontecimientos violentos surgidos en toda la región desde 1959. Se desconectó a los miembros de organizaciones terroristas de su logística militar, de sus conexiones con el exterior y de los asesinatos, torturas, secuestros y atentados cometidos y de sus intenciones explícitas de imponer una dictadura comunista en el país. también se desconectó lo acontecido de su principal motor: la Guerra Fría.

Se confeccionó un relato básico y simplón que se fue degradando con el devenir de las versiones. Entonces al final resultaba que hasta febrero de 1976 Argentina era un vergel de paz y concordia, virgen de atentados y víctimas, de toda influencia geopolítica y de todo conflicto interno, hasta que un grupo de militares, sin otra pulsión que la pura maldad aleatoria, derrocaron a la entonces Presidente viuda de Perón. Acto seguido se dispusieron a hacer neoliberalismo en lo económico y a matar inocentes en lo social con el fin de revertir conquistas obreras y estudiantiles. Este reduccionismo maniqueo, que ocultó el decreto de la Presidente Isabel Perón que ordenaba la represión del terrorismo, no conoció techo.

Denodadamente se ocultó la intervención de dos regímenes en los turbulentos años que precedieron al golpe: el soviético y el cubano. En julio de 1960, Fidel Castro manifestó su compromiso de ser el “ejemplo que pueda convertir a la Cordillera de los Andes en la Sierra Maestra del continente americano” y envió invasiones guerrilleras a Panamá, Haití, República Dominicana y Nicaragua que terminaron en un estrepitoso fracaso. Entonces se centró en la entrega de armas y en el adiestramiento, dentro de la isla, de miles de revolucionarios del mundo deseosos de levantarse en armas.

Cuba apoyó a la guerrilla en Guatemala, Colombia, Perú, Brasil, Venezuela, Argentina, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay, además de las de Argelia, Siria, Congo, Angola y Etiopía. En un “mensaje a los pueblos del mundo” publicado en abril de 1967 por la revista “Tricontinental”, el Che Guevara formuló su famosa consigna de “crear dos, tres, muchos Vietnam”, mientras viajaba hacia la expedición guerrillera a Bolivia, fiasco que terminó el 8 de octubre de 1967 cuando fue capturado.

Argentina no era especial, pero la historia sesgada servía para reforzar la demagogia, la paranoia y el resentimiento siempre latentes. Hacia fines de los ‘80 y principios de los ‘90 una nueva oleada de producción fabulada comenzó a tener por protagonistas a quienes habían sido partícipes de los movimientos guerrilleros unas décadas antes. Los más prestigiosos periodistas, políticos y pensadores amnistiaron a los exterroristas, se asociaron con ellos y los blanquearon. Fueron partícipes necesarios para que estos exterroristas ingresaran a las listas de diputados, a las cátedras universitarias, a suculentos empleos públicos y al servicio diplomático.

Un nuevo manto de ensoñación cubría a la sociedad argentina y entonces se inauguraban partidos políticos, diarios, cátedras, canales de tv y se escribían libros, todos versionados por quienes desde Montoneros o ERP habían atentado contra la democracia y contra civiles argentinos que pasaron a ser una verdad incómoda arrumbada en el olvido. Increíblemente, la sociedad que con sabiduría se había inmunizado para siempre de la influencia del golpismo militar, no tenía ni la menor defensa contra la influencia del discurso del castrismo setentista. Ni una alarma sonó cuando terroristas, orgullosos de su pasado, comenzaron a educar a las nuevas generaciones de argentinos nacidos después de la negra noche que relataba Sábato.

La izquierda nunca descansa, no reconoce el NO por respuesta, no sabe perder. Encontró este filón para hacer sobrevivir su prédica luego del regreso del orden constitucional y lo sigue explotando sin pudores hasta hoy. La exaltación de fines y de instrumentos insurgentes como justificación, el ánimo expreso de usar la última dictadura como excusa ideológica ha sido una constante. Curiosamente, aquellos políticos y sindicalistas que azuzaron el golpe y que hasta firmaron decretos de aniquilamiento en plena democracia nunca fueron señalados.

Para dicha de los argentinos, de la dictadura militar que comenzó hace 49 años y que terminó hace 42, hablamos en pasado absoluto. Sin embargo, no podemos decir lo mismo de personajes, ideologías y proyectos políticos que necesitan de la narrativa “anti-dictadura” para seguir expoliando al país, conspirando a nivel regional y adoctrinando a los niños desde pequeños en las escuelas cada 24 de marzo repitiéndoles la mentira de los 30.000 ideada por los terroristas.

Si con franqueza se desea terminar de enterrar cualquier posibilidad de resurgimiento de esa época trágica se deberían exponer las soflamas, los mecanismos y las motivaciones de quienes atentan contra el ordenamiento democrático apedreando congresos, quemando edificios, cortando rutas y amenazando ciudadanos, usurpando tierras y proclamando neosoberanías, corrompiendo la igualdad ante la ley, gerenciando movimientos sociales y asociándose con las dictaduras más infames de la región como la cubana o la venezolana.

Queda situar a Argentina en el contexto mundial para ver cómo estos fenómenos se replican en la región y dejar de contar la historia con un ojo en el ombligo.

Queda comprender los caminos moleculares, caóticos que constituyen la forma en la que los argentinos nos pensamos y en consecuencia nos regimos. No es un mero “relato” coyuntural. El kirchnerismo, cuán nefasto e intenso es, es un fenómeno nuevo, tiene un par de décadas de existencia, no es el ideólogo de la narrativa “antiimperialista” y paternalista que moldea nuestra cosmogonía política. Es frívolo e inconducente este razonamiento porque oculta un fenómeno infinitamente más grave.

Coincidente con la alternancia golpista, Argentina abrazó corrientes de pensamiento que cuestionan las etapas en las que la impronta liberal situó al país entre los más ricos del globo. Para que surjan los liderazgos carismáticos de mediados de siglo pasado, fue necesaria la retórica iliberal disfrazada de antiimperialismo y toda esa argamasa formó las mentes de los hijos de las élites que años después abrazarían los designios de la triunfante Revolución Cubana. No es entendible el setentismo sin las corrientes colectivistas mundiales como el fascismo y el socialismo y sin sus parroquiales componentes nacionalistas pretéritos.

La narrativa posdictadura simplificó todo esto hasta el infantilismo. Fácil de digerir, paranoide y narcisista. Pero este pensamiento fue adoptado por una mayoría casi absoluta del arco político. Ajenos, como siempre, a los análisis globales, a los datos duros y a la historia, se volvió a relatar el devenir trágico de los sucesos recientes como una conspiración oligárquica contra las gestas populares.

Este fue el caldo de cultivo con el que se crió a quienes estaban en condiciones de votar a principios de este siglo y por esto se entiende que hayamos tenido cuatro gobiernos kirchneristas. La corriente de acción política regional nacida en el Foro de San Pablo aportó a los Kirchner, personajes delincuenciales, corruptos y vacíos de legitimidad y valores, la narrativa de la nueva izquierda de la cual las frías tierras santacruceñas no habían escuchado jamás hablar.

Y otra vez Argentina impuso una nueva verdad oficial y una nueva voz única. En los quichicientos espacios de la memoria de todo el país, todos los medios de comunicación, en todas las universidades, en el INCAA, en los centros culturales, en los perfiles políticos, en las leyes, en Pakapaka y, acá viene lo determinante: en los manuales y currículas escolares. Ni en las épocas de los desgraciados libritos de adoración a Perón y Evita se vio un adoctrinamiento tan masivo y descomunal redactado y propalado por quienes fueron criados con la historia contada por los ex miembros de fuerzas guerrilleras ahora reconvertidos en furiosos defensores de los valores humanitarios.

En este punto habría que preguntarse si terminó realmente el setentismo porque la presencia de este corpus simbólico sobre la educación es total y dogmática. Hasta la fecha, ninguna gestión al frente de la educación, ni en el gobierno de Macri ni en el de Milei se encargaron de revertir esta furia adoctrinadora que taladra a los niños y adolescentes argentinos cada 24 de marzo. Este dogma pro-terrorista sobrevive incrustado en todo el universo docente, vale decir: se los educó desde niños con esta forma de ver el mundo, se los diplomó ahondando este relato, se les dio material acorde para evangelizar y por si quedaba algún miligramo de libertad de pensamiento se crearon dibujitos animados woke pagados con los impuestos de los argentinos cuyo nivel de vida no paró de caer desde los 70.

Así es como se forma, aún hoy, a las nuevas generaciones de argentinos. Los castrochavistas están en las aulas de todo el país, responden a una cruzada inexistente como los famosos japoneses que seguían luchando una guerra terminada. Y es que para ellos, no terminó la guerra.

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