ANÁLISIS
Alí Jamenei: el líder de una teocracia forjada en sangre y fanatismo religioso
En 1980, Jomeini lo nombró líder de la oración de los viernes en Teherán, para un año más tarde ser elegido presidente y eventualmente ser designado como el sucesor del líder supremo en 1989 tras su muerte.

Alí Jamenei, en una imagen de archivo.
Para conocer la complejidad de algunos monstruos, a veces basta con devolver la mirada al principio, especialmente cuando sus vidas llegan a su fin. Con el ayatolá Alí Jamenei resulta inevitablemente imprescindible, ante el inimaginable daño que este llegó a perpetrar contra todo un país y su súbita muerte tras ataques aéreos ejecutados por Israel y Estados Unidos, sus dos mayores enemigos.
Jamenei fue apenas el segundo líder supremo de Irán desde la llamada Revolución Islámica de 1979 y se mantuvo en el cargo desde el año 1989, consolidando durante más de tres décadas un poder casi absoluto. Insertado en una compleja red de poderes rivales, el líder iraní contaba con la facultad de vetar prácticamente cualquier asunto de política pública y de elegir a dedo a candidatos para cargos públicos, lo que le permitió moldear el sistema político de todo un país a su conveniencia y cosmovisión. Como jefe de Estado y comandante en jefe del Ejército —que incluye al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán (CGRI)—, su posición lo convertía en una figura con poderes que muy pocos líderes a lo largo del mundo pueden alcanzar.
Nacido en 1939 en Mashhad, segunda ciudad más grande de la nación persa, Jamenei fue el segundo de ocho hijos en una familia para la que nada importaba más que la religión. Su padre era un clérigo de rango medio de la rama chiita del islam -grupo religioso dominante en Irán-, su educación se centró principalmente en el estudio del Corán, y llegó a obtener el título de clérigo a los 11 años. Como muchos líderes religiosos de su generación, el papel de Jamenei fue desde un principio tanto político como espiritual, al tratarse de un orador hábil y maquiavélico que terminaría uniéndose a los críticos del sha Reza Pahlavi, el monarca derrocado por la revolución liderada por el ayatolá Ruholá Jomeini.
Durante años, Jamenei vivió en la clandestinidad y fue detenido en varias ocasiones. Ya para 1980, Jomeini lo nombró líder de la oración de los viernes en Teherán, para un año más tarde ser elegido presidente y eventualmente ser designado como el sucesor del líder supremo en 1989 tras su muerte. Se trata de un ascenso meteórico en un complejo universo en el que la lealtad y el fundamentalismo resultan cruciales a la hora de tener una pizca de ambición política, y en el que la violencia puede arremeter en cualquier instante, tal como ocurrió en el año 81, cuando un ataque bomba por parte del grupo opositor Muyahidines del Pueblo le generó heridas lo suficientemente graves como para hacerle perder la movilidad de su brazo derecho.
Ascenso y control
Carente del respeto automático del alto clero y de la carismática popularidad con la que contaba su precursor, el ayatolá Jamenei tuvo que actuar con cautela al principio de su nueva era como líder supremo de un país que ya sentía traicionado y decepcionado ante el rumbo tomado por la revolución. Sin embargo, Jamenei empezaría a tejer redes de funcionarios leales en el poder judicial, la policía, los medios estatales, la élite clerical, el parlamento, la Guardia Revolucionaria y el aparato de inteligencia, para consolidar así un sistema férreamente alineado con su figura.
Tal como han hecho otros tiranos a lo largo de la historia, Jamenei logró alcanzar un poder casi indestructible mediante la creación de un impenetrable núcleo conformado por guardias revolucionarios enriquecidos de manera ilícita tras la revolución y clérigos de línea dura. De igual forma, el líder supremo mostró permanentemente mano dura a la hora de responder a las manifestaciones ciudadanas contra su régimen teocrático, con un aparato de seguridad lo suficientemente ideologizado como para no dudar un segundo en cometer todo tipo de atrocidades y barbaridades con el fin de neutralizar las protestas y a la misma oposición iraní.
Los ejemplos más claros tuvieron lugar con las manifestaciones estudiantiles de 1999, las de 2009 contra unas elecciones amañadas, las de 2019 tras el fuerte aumento de la gasolina, o las de 2022 tras el brutal asesinato de una joven kurda de 22 años llamada Mahsa Amini, quien había sido arrestada por el simple hecho de no llevar el hiyab. En cada una de estas protestas, se vieron unas fuerzas del orden aplastando una y otra vez la voluntad de un pueblo consciente de la pesadilla en la que se ha visto envuelto su país y decidido a ver el fin de la teocracia responsable de esta.
Punto de inflexión y desenlace
Tal como ocurre en la vida de casi todo tirano y sus regímenes, existen uno o varios puntos de no retorno que eventualmente se convierten en los acontecimientos que terminan sellando su destino. En este caso, el principal fue su decisión de desarrollar armamento nuclear, disfrazado de programas de energía atómica y misiles sofisticados, poniendo en vilo tanto al Medio Oriente como al mundo ante el horror que representaría ver a una teocracia violenta, injerencista y patrocinadora del terrorismo contando con semejante armamento.
Tras negociaciones fallidas y acuerdos pusilánimes que solo favorecían al ayatolá y su teocracia, llegamos a un año 2025 en el que Israel emprende acciones militares contra el programa nuclear iraní, sus científicos e instalaciones. Irán respondió con misiles contra el Estado Judío y la Administración del presidente Donald Trump decide unirse a los ataques israelíes. Si bien Jamenei prometió no rendirse, su posición se vio más debilitada que nunca, al punto en que su fin parecía dislumbrarse ante la indomable inercia de las dinámicas geopolíticas.
El golpe definitivo llegaría a finales de dicho año con las protestas masivas llevadas a cabo a lo largo y ancho de Irán, en las que millones de iraníes tomarían las calles de las ciudades más importantes para expresar su rechazo absoluto por Jamenei y su deseo de ver terminada su teocracia. Como muchos temían, la respuesta del régimen fue de una brutalidad tan inhumana como desproporcionada, dejando como resultado la muerte de miles de vidas inocentes. La poca favorabilidad con la que podía contar su imagen se terminaba de derrumbar, así como también la solidez de su poder, ante las numerosas contradicciones internas que empezaban a surgir y la forma en que parte de su poderío militar fue despedazado en los últimos años por Estados Unidos e Israel. Fue este el contexto final que tanto Washington como Jerusalén supieron aprovechar para lanzar nuevos ataques y acabar con él, un 28 de febrero que será para siempre recordado.
Millones de palabras se podrían escribir para explicar la vida de un tirano, para analizar los detalles de una existencia enmarcada por la sangre, el poder y el fanatismo. Sin embargo, aun ante el inevitable caos que algunas veces puede surgir tras el final, la muerte de un tirano permite que florezcan la esperanza y la posibilidad de un futuro en el que la libertad reemplace el terror que este desató para erigirse como dueño y señor de un país. Como su líder y eventual verdugo.
La familia del ayatolá
Jamenei y su esposa tuvieron seis hijos: cuatro varones y dos mujeres. La familia casi no aparecía en público ni en los medios, y la información verificada sobre su vida privada fue siempre limitada. De sus hijos, el segundo, Mojtaba, destacó por su influencia y por el papel que desempeñaba en el círculo íntimo de su padre, al punto en el que muchos aseguran que podría ser su sucesor en el caso de continuar el actual sistema político iraní.