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VOZ

¿Qué planes tienen los Hermanos Musulmanes para ti si resultan elegidos?

El Consejo Militar de Egipto no parecía desconocer la visión política de la Hermandad Musulmana. Más bien, parecía considerar al grupo como un instrumento que podía utilizarse para reproducir el mismo sistema al que el pueblo egipcio acababa de poner fin.

Banderas de los Hermanos Musulmanes en Jordania

Imagen de los Hermanos MusulmanesKhalil Mazraawi/AFP.

Publicado por
Mohamed Saad Khairalla

Publicado el

13 minutos de lectura

¿Y si la Hermandad Musulmana llegara al poder en este o aquel país? ¿Qué pasaría con el Estado y sus instituciones, con la sociedad y sus libertades, y con la democracia que permitió a la Hermandad llegar al poder?

Yo viví esa experiencia—y pagué un precio por ello. El viaje comenzó con el sueño de establecer un Estado civil democrático en Egipto y terminó en el exilio, tras enfrentarme a dos proyectos rivales que competían por el poder y que compartían una hostilidad hacia el Estado civil: el proyecto de un gobierno religioso y el proyecto de un gobierno militar.

Muchos de nosotros exigimos la salida del presidente egipcio Hosni Mubarak después de que hubiera gobernado el país durante casi tres décadas. Años antes de su salida, cuando salimos a la calle para recoger firmas para la Declaración de Cambio, había algo que no dejaba de sorprendernos: la facilidad con la que los líderes de la oposición se relacionaban con los Hermanos Musulmanes. Los trataban como si fuera simplemente otra facción política que compartía sus reivindicaciones de libertad y cambio.

¿Cómo logró un grupo con un proyecto ideológico que se extendía más allá de las fronteras de la nación convencer a toda esa gente de que no era más que un socio natural en la construcción de un Estado democrático? ¿Cómo consiguió la imagen sonriente que eligió ocultar la verdadera naturaleza de su proyecto político?

Tan pronto como Mubarak dimitió el 11 de febrero de 2011, la Hermandad comenzó a llegar a acuerdos con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que había asumido el control del país. El consejo militar egipcio no parecía desconocer la visión política de la Hermandad. Más bien, parecía considerar al grupo como una herramienta que podía utilizarse para perpetuar el mismo sistema al que el pueblo egipcio acababa de poner fin.

Las elecciones parlamentarias a la Asamblea del Pueblo y al Consejo de la Shura otorgaron a la Hermandad Musulmana y al movimiento religioso una mayoría abrumadora. Como candidato en las listas de "La Revolución Continúa", presenté una denuncia por irregularidades electorales, pero no se le prestó la debida atención. Circulaban informes sobre flujos de dinero procedentes de ciertos Estados del Golfo para apoyar a la Hermandad, pero prevaleció en gran medida el silencio. La euforia por haber acabado con Mubarak eclipsó la necesidad de analizar lo que se estaba desarrollando ante nuestros ojos.

El 21 de febrero de 2012, antes de que la Hermandad ganara las elecciones presidenciales, el periódico egipcio Al-Shorouk publicó una entrevista al periodista Ahmed Mahrous, en la que intenté advertir de que "se avecina la 'ikhwanización'" ("Ikhwan" es el nombre árabe de la Hermandad Musulmana). Cuando el periodista me preguntó qué significaba eso, le expliqué que se refería a dar un trato preferencial a los miembros de la Hermandad en los nombramientos para cargos públicos, en detrimento de la competencia y el mérito. No se trataba en absoluto de una profecía sobrenatural; era simplemente una valoración de la naturaleza de una organización —en este caso, la Hermandad Musulmana— que considera la lealtad hacia sí misma como el criterio más importante y ve al Estado como un botín político cuyas instituciones deben quedar bajo su control.

Al poco tiempo, esas señales comenzaron a aparecer una tras otra. El rostro sonriente desapareció gradualmente y los objetivos políticos de la Hermandad —que había evitado mencionar— aparecieron por todas partes. Entre ellos figuraban "El dominio del mundo" y "El Estado califal". Las pancartas en las paredes de todas las oficinas públicas proclamaban: "El islam es la solución". La cuestión ya no era si la Hermandad gobernaría el Estado sino hasta qué punto intentaría remodelar el Estado a su imagen y semejanza.

La Hermandad presentó a Mohamed Morsi como su candidato en las elecciones presidenciales; que se enfrentó al general Ahmed Shafik en la segunda vuelta. Siguen circulando entre figuras políticas destacadas que afirman que Shafik fue el verdadero ganador, pero que el consejo militar permitió que Morsi asumiera la presidencia por temor a que la situación pudiera "estallar". La razón más probable es que el consejo militar egipcio se diera cuenta de que el ascenso al poder de la Hermandad podría, en última instancia, crear las condiciones para que el régimen militar regresara bajo una nueva forma.

Morsi asumió la presidencia el 30 de junio de 2012. Dos meses después, el 30 de agosto, un grupo de nosotros nos unimos a varios colegas para fundar el "Frente Popular contra la Ikhwanización de Egipto". En pocos meses, el Frente amplió su presencia, miles de egipcios se unieron a él y los errores políticos de la Hermandad contribuyeron a difundir nuestro mensaje. Nos oponíamos a que las instituciones estatales se convirtieran en extensiones de la Hermandad. Aspirábamos a un Estado civil democrático, no a sustituir el gobierno religioso por uno militar. En aquel momento, sin embargo, no nos dimos cuenta de que derrocar al gobierno de la Hermandad allanaría el camino para la restauración el régimen militar contra el que nos habíamos rebelado inicialmente.

El 22 de noviembre de 2012, Morsi promulgó su "Declaración Constitucional". La Declaración protegía sus decisiones de cualquier revisión judicial y le otorgaba poderes excepcionales que lo situaban por encima de cualquier obligación de rendir cuentas. Esta Declaración marcó un punto de inflexión decisivo. La controversia ya no versaba sobre la competencia de la Hermandad para gobernar, sino sobre su voluntad de respetar los límites constitucionales del poder. En ese momento comenzó el fin del dominio de la Hermandad sobre Egipto.

El 30 de junio de 2013, multitudes de egipcios salieron a las calles para protestar contra el gobierno de la Hermandad. La presidencia de Morsi terminó tras solo un año.

La caída de la Hermandad no supuso una victoria para la democracia con la que habíamos soñado. El mayor beneficiario del conflicto fue el régimen militar que se hizo con el control del Gobierno egipcio tras la salida de Morsi y reafirmó su dominio sobre el país bajo la presidencia del general Abdel Fattah el-Sisi. Tras un sangriento enfrentamiento con el nuevo Gobierno, abandoné Egipto el 1 de abril de 2018 para salvar mi vida y buscar refugio en el exilio.

Lo que queríamos era un Estado gobernado ni por un general militar que "protegiera la nación" ni por un Guía Supremo "que protegiera la religión". Queríamos un Estado en el que la soberanía recayera en la Constitución, el poder en los ciudadanos, los cargos públicos en quienes tuvieran capacidad para desempeñarlos y los derechos en todos, sin discriminación por motivos de creencias religiosas o afiliación política.

La experiencia egipcia reveló cómo una revolución contra el autoritarismo puede convertirse en otra forma de autoritarismo y cómo una organización que enarbola la bandera de la democracia puede encarnar a los adversarios de la democracia.

La experiencia egipcia no es una excepción aislada. El discurso de la Hermandad sobre la democracia parece más atractivo cuando se encuentra fuera del Gobierno que cuando intenta gobernar.

La Hermandad —o las fuerzas asociadas a su corriente ideológica y organizativa— también fracasó en otros lugares. En Sudán, el proyecto islamista que contribuyó a establecer el régimen de Omar al-Bashir culminó en un Estado agotado por el autoritarismo y el conflicto. En Túnez, el partido islámico Ennahda, durante sus años en el Gobierno, no pudo evitar su propio colapso. En Marruecos, el Partido de la Justicia y el Desarrollo sufrió una aplastante derrota electoral en 2021. En Jordania, la Hermandad, a pesar de décadas de participación en algunos gobiernos, no logró transformar su proyecto en un modelo de gobernanza capaz de derrocar al rey.

¿Qué ocurre con la democracia cuando se confía el poder a una organización que no antepone los valores y principios democráticos a su proyecto ideológico?

Para comprender lo que os puede deparar la llegada al poder de los Hermanos Musulmanes, es importante volver a las raíces ideológicas de su proyecto y a los objetivos de su fundador, Hassan al-Banna, así como a los de Sayyid Qutb —autor de *Hitos* y *A la sombra del Corán*— y una de las figuras más influyentes de la Hermandad décadas antes de que esta llegara a las urnas.

En marzo de 1928, cuatro años después de la abolición oficial del califato otomano, se fundó la Hermandad Musulmana en Ismailía, Egipto. La caída del Imperio Otomano formaba parte del contexto más amplio en el que tomó forma el proyecto de al-Banna. Existía el deseo de revivir la nación islámica y devolver al islam un papel central en la organización de la sociedad y el Estado. Por consiguiente, tratar a la Hermandad como un partido político corriente que solo se diferencia de los demás en su religión supone pasar por alto la cuestión más importante: ¿es la participación en las elecciones el objetivo último del proyecto, o es uno de los medios que pueden emplearse para alcanzar objetivos que trascienden los límites del Estado-nación y la democracia liberal?

El lema de la Hermandad es: "Alá es nuestro objetivo, el Corán es nuestra constitución, el Profeta es nuestro líder, la yihad es nuestro camino y la muerte por Alá es nuestra máxima aspiración". No se trata simplemente de un grito de guerra destinado a avivar las emociones religiosas. Es una puerta de entrada para comprender un sistema integrado de ideas sobre el poder, la sociedad y el mundo. Al-Banna situó el "dominio del mundo" al final de su visión, punto por punto, de un renacimiento islámico. Esto requeriría la reforma del individuo, la familia, la sociedad, el gobierno y el Estado, con el objetivo más amplio de restaurar el califato.

La verdadera cuestión no es si la Hermandad acepta las urnas como medio para llegar al poder, sino si acepta las limitaciones impuestas por la Constitución, la transferencia pacífica del poder, la independencia judicial, la libertad de religión y de expresión, y la plena igualdad en la ciudadanía —incluso cuando estos principios entren en conflicto con sus convicciones ideológicas— o si, por el contrario, pretende modificarlos para promover su visión de cómo cree que debería ser el mundo.

¿Qué ocurre cuando un proyecto pasa de las consignas a la legislación y al gobierno? ¿Qué significa la aplicación de la sharia en un Estado cuyos ciudadanos profesan diferentes religiones y creencias? ¿Qué lugar ocupa la mujer en un sistema en el que los derechos y las funciones se determinan en función de interpretaciones religiosas vinculantes? ¿Cómo se ve y se trata a los judíos, cristianos y otros no musulmanes, y cómo se considera a un ciudadano que rechaza el islam político o aboga por la separación entre religión y Estado? ¿Qué papel desempeña el concepto de yihad en la ideología de la Hermandad y en la justificación de la violencia?

La diferencia entre, por un lado, una retórica que tranquiliza al público asegurándole moderación y, por otro, una ideología que define los objetivos últimos de la organización, puede que no quede clara hasta que las exigencias de la gobernanza democrática entren en conflicto con los requisitos del proyecto ideológico.

La pregunta que todo votante debería plantearse no es simplemente: "¿Qué promete hacer la Hermandad Musulmana si la eliges?", sino también: "¿Qué dicen los textos de la Hermandad sobre el Estado que quiere construir y los derechos que considera inviolables?".

Las seis epístolas de Hassan al-Banna, junto con los dos libros de Sayyid Qutb, son esenciales para comprender las concepciones de la Hermandad sobre el Estado, la sociedad, la soberanía divina, la yihad y las relaciones con los no musulmanes, así como la forma en que pasó de la predicación religiosa a intentar imponer un proyecto político que lo abarcara todo.

En la Epístola de la Quinta Conferencia de la Hermandad, de 1939, al-Banna presentó su visión del islam como un todo global y exhaustivo que no se limita a la fe y al culto, sino que se extiende a todos los aspectos de la vida:

"Así, la Hermandad se vinculó al Libro de Alá, extrajo de él inspiración y orientación, y llegó a la convicción de que el islam es esta realidad omnicomprensiva y exhaustiva; que debe ejercer autoridad sobre todos los aspectos de la vida; que todos los aspectos de la vida deben estar imbuidos de él y regirse por sus normas; y que deben ajustarse a sus principios y enseñanzas y derivarse de ellos, siempre y cuando la nación desee ser genuinamente musulmana".

En los Veinte principios para comprender el islam, él afirma:

"El islam es un sistema integral que abarca todos los aspectos de la vida. Es un Estado y una patria, o un gobierno y una nación. Es moralidad y fuerza, o misericordia y justicia. Es cultura y ley, o conocimiento y poder judicial. Es vida material, o sustento y riqueza. Es yihad y una llamada a la acción, o un ejército y una idea —al igual que es un credo sincero y un culto recto en igual medida".

No estamos hablando simplemente de un grupo que se dedica a actividades religiosas o que exhorta a la gente a adherirse a su fe. Estamos hablando de una organización que, según los propios escritos de su fundador, cree que el islam debe ejercer una autoridad total sobre todos los aspectos de la vida, y que todos estos aspectos deben estar sujetos a sus enseñanzas, principios y normas.

Por consiguiente, el proyecto de la Hermandad no se limita a alcanzar el poder a través de las elecciones. Abarca la naturaleza del Estado que pretende establecer, las normas a las que quiere que se someta la sociedad y hasta qué punto está dispuesta a aceptar un Estado civil basado en la igualdad de ciudadanía, la libertad de culto, el pluralismo político y la independencia de las instituciones frente a la autoridad de una organización religiosa.

El emblema de los Hermanos Musulmanes presenta dos espadas cruzadas, un Corán y la palabra "Wa-a'iddu" ("Y preparaos"), que hace referencia al versículo 60 de la sura Al-Anfal:

"Y preparad contra ellos todo lo que podáis de poderío y caballos de guerra, para que podáis infundir terror en el enemigo de Alá y en vuestro enemigo, y en otros además de ellos a quienes no conocéis [pero] a quienes Alá conoce. Y todo lo que gastéis en la causa de Alá os será recompensado íntegramente, y no se os hará injusticia". — (Corán, 8:60, Traducción de Sahih International)

Lo dicen en serio.

Mohamed Saad Khiralla es un comentarista político especializado en asuntos de Oriente Medio y movimientos islamistas. Actualmente es investigador en el Instituto de Defensa Ideológica (IDI).

© Gatestone Institute.

Publicado originalmente por Gatestone Institute. Autor: Mohamed Saad Khairalla. Leer el original.

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