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Guerra de Ucrania, año III: Entre insultos y acuerdos, la cruda realidad se avecina

Según el gobierno, Estados Unidos asume casi el 70% del gasto total de defensa de la OTAN, este dato se vuelve una daga en el costado para una administración que está haciendo lo imposible para achicar gastos.

Zelenski se reunió con Trump en octubreAFP

La semana pasada Donald Trump publicó detalles de su “larga y productiva” conversación con Vladimir Putin de cara a una de sus promesas de campaña: terminar la guerra de Ucrania. Conversaciones con el mandatario ucraniano también tuvieron lugar en aquellas horas, aunque ahora todo parece haberse roto entre Zelenski, que acusó a Trump de actuar estando desinformado, y Trump que le contestó acusándolo de dictador.

¿Cómo llegamos tan rápidamente hasta aquí?

Aunque sea duro de asimilar, Zelenski no tendrá un papel preponderante en las conversaciones “de paz”. Ucrania es el país derrotado, los acuerdos posguerra no son un espacio de debate para que todos salgan igualmente satisfechos. Aunque el occidente autocomplaciente lo haya olvidado, la guerra no es ni justa ni equitativa y el que gana se impone sobre el que pierde. Aunque sea el malo de la película. Tampoco parece que vaya a haber un lugar importante para los mandatarios europeos y el resto de la OTAN.

Los tiempos de esta guerra se están acelerando y una cruda realidad es que no hay salida luminosa y Europa no tiene un futuro inmediato venturoso.

Días atrás tenía lugar la Conferencia de Seguridad de Múnich, mientras el secretario de Defensa, Pete Hegseth, ponía al corriente a sus aliados en Bruselas acerca de que la Administración estadounidense no creía que Ucrania pudiera ingresar a OTAN ni recuperar sus antiguas fronteras.

Entretanto, el vicepresidente Vance daba un histórico discurso frente a los líderes europeos en el que establecía un pormenorizado diagnóstico de cómo el viejo continente había llegado a la decadencia e intrascendencia actual. Algunos analistas dicen que Vance fue duro, pero lo cierto es que estuvo moderado si se considera el patético rol de la dirigencia europea durante esta guerra y mucho antes en todos los aspectos. La geopolítica no fue la única rama de la gobernanza en la que la nutrida élite ha hecho agua.

Los artífices del fracaso se enojaron y llamaron a una reunión de emergencia en París en la que se sacaron las fotos de ocasión para graficar su molestia. Paralelamente, en Riad se reunían los emisarios de Rusia y EEUU para empezar a diagramar las condiciones del fin de la guerra. Tres puntos claves salieron de Riad: Ucrania no volvería a sus fronteras previas al comienzo de la invasión rusa (ni que hablar de Crimea), los avances de Ucrania en Kursk serían retrotraídos y no ingresaría a OTAN. Todo lo que Putin deseaba.

De la reunión de París, en cambio, no salió nada. Alemania se negó siquiera a considerar un despliegue en el conflicto. Italia, España y Dinamarca mostraron reticencia y se pusieron de costado. Polonia, que sí gasta el 5% de su PBI en defensa, dijo no estar dispuesta a desplegar tropas. El nuevo secretario general de la OTAN, Mark Rutte, reconoció que Europa y Canadá no han contribuido a la defensa común en los últimos 40 años. La reunión terminó sin compromisos concretos. Sólo unos cuantos brindis al Sol, promesas de que esta vez sí se tomarán en serio la cosa, un nuevo paquete de sanciones inocuo y una marcada división intestina. O sea, se enojaron los mandatarios europeos de no ser tomados en serio, pero fueron incapaces de sacar una sola determinación seria del cónclave.

La política exterior de la Administración Trump está enojando y desconcertando a muchos, pero su mensaje es claro: Estados Unidos ya no quiere a seguir pagando por la seguridad de una Europa que no asume el costo de su propia defensa y que se hace trampas al solitario evadiendo sus propias sanciones para comprarle a Putin energía. Trump tiene enfrente a un cuñado rico que sin embargo se cree con derecho de vaciar la heladera de los contribuyentes norteamericanos. Y el deber de Trump es para con estos últimos.

Pete Hegseth ya dejó en claro que no habrá tropas estadounidenses desplegadas en Ucrania e instó a los aliados de la OTAN a superar la meta del 2% del PIB en gasto en defensa, mientras se difundían los míseros porcentajes que en realidad destinan los países más ricos a sus maquinarias de guerra. Francia, Alemania y Canadá no han alcanzado el 2%, hay países europeos que apenas superan el 1% y esa situación no se revierte en horas. Gran Bretaña, el histórico aliado militar de EE.UU tiene apenas recursos disponibles, el resto de los países de OTAN están aún peor y existen informes que sostienen que los más poderosos apenas tendrían balas para aguantar un par de días si entraran a un conflicto armado.

Según el gobierno, Estados Unidos asume casi el 70% del gasto total de defensa de la OTAN, este dato se vuelve una daga en el costado para una administración que está haciendo lo imposible para achicar gastos ¿con qué cara un presidente Trump puede recortar empleos y programas federales, si por el otro lado sostiene casi en solitario el esfuerzo económico de una guerra al otro lado del Atlántico, mientras los vecinos europeos no están dispuestos ni siquiera a invertir el 2% de su PBI?

Décadas llevan los “aliados europeos” pasando la cuenta de su seguridad a Washington, confiando en que el ejército estadounidense los protegerá. Pero el nuevo Sheriff del barrio se encontró en su segundo mandato con un gasto federal inabarcable y problemas geopolíticos más importantes, lejos del Atlántico. EE.UU. enfrenta una amenaza vital en el Pacífico, y la contención de China es su prioridad.

Washington ha acelerado los acontecimientos con el objetivo de debilitar la alianza entre Vladímir Putin y Xi Jinping. Es posible que no logre una ruptura, pero sin dudas en estos tres años la guerra europea había afianzado esta relación al punto de profundizar aún más la dependencia de Rusia hacia China. La prioridad de EE.UU. es poner fin a la guerra en Ucrania para concentrarse en la contención de las tensiones en el Indo-Pacífico y distanciar a Rusia de su enemigo más importante.

Trump dejó claro que se le ha agotado la paciencia. Europa ha tratado la crisis con liviandad moralista, subestimando la determinación estadounidense de enfocarse en sus prioridades. Si los líderes europeos creen que el segundo mandato de Trump será como el primero se equivocan, el presidente está revolucionando la Administración vertiginosamente, la guerra europea no escapa a esa lógica.

Y en esto se esconde otra verdad amarga: Con sus ásperos movimientos diplomáticos, la Casa Blanca está admitiendo un hecho grave: EEUU no está en condiciones de enfrentar la guerra en dos frentes. Punto. el país más poderoso del mundo ya no puede estar en todas partes y desde ya no seguirá resguardando la seguridad de un continente que se niega a defenderse.

Los próximos días serán cruciales para definir el nuevo orden de poder transatlántico, y más allá de los exabruptos de Trump y de sus peligrosos juegos de bandas, lo cierto es que es él quien puso sobre la mesa la última y más cruda realidad: esta guerra se ha perdido y el viejo orden ha llegado a su fin.

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