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Sudán, la guerra ignorada causante de la mayor crisis humanitaria mundial

Hambruna, desplazamientos forzados, trata de personas, pobreza extrema... El enfrentamiento civil está encaminado a provocar una de las peores tragedias del siglo.

(Cordon Press)

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Decenas de miles de muertos, casi nueve millones de desplazados, veinte millones que pasan hambre y varios millones más que necesitan ayuda humanitaria. La guerra civil más cruenta e inhumana del mundo es a la vez la menos conocida, difícilmente frecuentada en las noticias. Se trata del más reciente de los enfrentamientos que padece Sudán, un país asolado por la violencia desde su fundación, que estalló a comienzos de 2023 cuando finalmente se enfrentaron el Ejército nacional y las fuerzas paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Esta guerra ha desencadenado lo que, según Naciones Unidas, es una "crisis humanitaria de proporciones épicas". Tal es la catástrofe que sus consecuencias están derramando el horror en toda la región ya que los países limítrofes no dan abasto para atender a los millones de personas que huyen de la guerra.

Casi la mitad de los 48 millones de habitantes sudaneses tiene algún nivel de carencia alimentaria, con altos porcentajes que llegan a las fases más graves de la Clasificación Integrada de las Fases, la herramienta que mide a nivel mundial la inseguridad alimentaria que los sitúa a nivel de hambruna. Según el Programa Mundial de Alimentos (PMA), la situación va a desencadenar "la mayor crisis de hambre del mundo". A los cuatro millones de niños desnutridos se suman los 19 millones que se encuentran sin escolarizar, según los cálculos de Unicef, que alerta que la desnutrición en los niños menores de cinco años es dramática porque si en esa edad no se mantiene el nivel de nutrición adecuado es altísimo el riesgo de secuelas físicas e intelectuales. Un estudio publicado por el Instituto Clingendael sostiene que Sudán se enfrenta al peor nivel de hambre y prevé que "la gravedad y la magnitud del hambre en la próxima temporada de escasez (mediados de 2024) serán catastróficas".

Respecto de los desplazamientos la situación es idénticamente grave. De las millones de personas que se han visto obligadas a abandonar su hogar, seis millones se han movido dentro del país y a ellos se suman otros tres millones de desplazados internos víctimas de anteriores conflictos, que no han podido regresar a sus hogares: "Uno de cada ocho desplazados internos en el mundo es sudanés", asegura la ONU, lo que convierte al país en la "mayor crisis de desplazados internos del mundo". Todos estos movimientos de personas vienen acompañados de violaciones, trata de personas y reducción a la servidumbre, propias de las mafias que se constituyen para gerenciar el caos de los desplazamientos. Esto sumado al drama de los que han buscado refugio en los países fronterizos como Chad, Sudán del Sur o Egipto lo que lo convierte en una crisis regional.

No hay ni bancos ni dinero, ni salud, ni educación, ni alimentos, ni seguridad ni nada.

Así como la educación ha sido interrumpida, los servicios de salud han sufrido un colapso que ha dejado a gran parte de los hospitales fuera de funcionamiento, cosa que ha provocado brotes de enfermedades como cólera, sarampión, malaria y fiebre del dengue. Los testimonios brindados a distintos informes de prensa hablan de dos o tres pacientes compartiendo una cama y de un incremento notable de las infecciones y amputaciones. Médicos y asistentes están también superados por el agotamiento y la carencia de lo más básico para atender a los pacientes.

El plan propuesto por la ONU para 2024 para los Asuntos Humanitarios (OCHA) cubre un porcentaje muy menor de la ayuda necesaria, pero aún lo poco recaudado es muy difícil de introducir en el país debido a que los frentes de combate son inestables y se extienden permanentemente atacando a los servicios de salud y la ayuda humanitaria, cortando rutas, saqueando suministros, lo cual reduce drásticamente la ayuda del PMA. Lo poco que queda de alimentos y medicamentos para vender no puede ser adquirido por los sudaneses debido a que el corte casi permanente de energía eléctrica afecta el suministro de conexión a internet necesario para las transferencias de efectivo. No hay ni bancos ni dinero, ni salud, ni educación, ni alimentos, ni seguridad ni nada.

Una historia convulsa

Sudán, desde sus orígenes e incluyendo su posterior división entre Sudán y Sudán del Sur, ha sufrido varias colonizaciones, invasiones y luchas intestinas que impusieron una estructura social e institucional convulsa, heterogénea e inestable. El norte tuvo una mayor influencia islámica mientras que en el sur la ascendencia cristiana fue relevante. Desde su independencia en 1956 el territorio ha vivido con constantes conflictos étnicos y religiosos y una concatenación de golpes de Estado, atravesado también por la injerencia de la Guerra Fría, como en todos los países del tercer mundo, y los procesos de descolonización característicos del siglo pasado. Es importante aclarar que este conflicto no debe confundirse con el de Sudán del Sur, que luego de su independencia libró su propia guerra interna cuyas consecuencias también son devastadoras y persistentes, aunque el país todavía tiene estrechos vínculos económicos y sociales con Sudán, por lo que está permanentemente afectado por su guerra.

Las principales dimensiones geopolíticas en juego incluyen los intereses de Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos e Irán, además de la participación de países de la región, todos los cuales luchan por la influencia en Sudán.

Las tensiones internas alumbraron el reconocimiento de la plena autonomía de Sudán del Sur en 2011, pero esta división, al igual que las guerras civiles anteriores, no trajo paz al pobre pueblo sudanés. La situación se agravó en la siguiente década conforme se profundizaba el deterioro y la violencia de la dictadura de Omar al Bashir, que fue depuesto tras el golpe de Estado de 2019. De nuevo la esperanza de una paz duradera sostenida en un proceso democrático fue un espejismo efímero. Tras unas tensas negociaciones, oposición y Ejército llegaron a un acuerdo para compartir el poder hasta la convocatoria a elecciones libres. El Gobierno civil iba a ser supervisado por el general Abdel al-Burhan, jefe de las fuerzas armadas sudanesas, pero inmediatamente se produjo un nuevo golpe institucional y al-Burhan disolvió el Consejo Soberano de Sudán nombrándose a sí mismo jefe del Estado por un período indefinido.

Las tensiones terminaron de recrudecer en abril de 2023, cuando el jefe del Estado al-Burhan y, su hasta entonces aliado, el general Mohamed Hamdan Daglo Hemedti, que lidera una facción militar sublevada conocida como las Fuerzas de Apoyo Rápido, se enfrentaron en la actual guerra que cumple ya un año. Desde entonces, las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF), que incluyen al ejército, la marina y la fuerza aérea, están luchando contra las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), una milicia creada en su momento por el Gobierno para reprimir un levantamiento en Darfur. Pero además de los principales bandos beligerantes se multiplicaron los grupos armados que tenían alguna estructura u organización residual de guerras anteriores.

Se sucedieron distintos esfuerzos por llegar a una tregua humanitaria y hacia fines de 2023 se establecieron conversaciones de paz en Arabia Saudita con el objeto de proteger a los civiles y garantizar la ayuda humanitaria para millones de sudaneses atrapados por décadas en la espiral de hambre y muerte. Pero todos los acuerdos se incumplieron descaradamente y la crisis humanitaria creció exponencialmente. La guerra civil en Sudán ha devastado a Jartum, su capital, y a varias otras ciudades. Aunque la inmensa mayoría de los contendientes son musulmanes, aun así sobrevienen divisiones internas donde los componentes identitarios y nacionalistas han enfrentado a grupos étnicos desde el inicio de la guerra, lo que ha sumado al caos numerosas masacres, detenciones y ejecuciones extrajudiciales. Si bien la situación es cambiante e inestable podría decirse que las RSF controlan gran parte de Jartum y el oeste de Sudán, mientras que las SAF controlan el norte y el este.

Se trata principalmente de una guerra civil. Sin embargo, la injerencia extranjera es permanente tanto en lo relativo a la explotación minera, la importancia logística y el tráfico de armas. Las principales dimensiones geopolíticas en juego incluyen los intereses de Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos e Irán, además de la participación de países de la región, todos los cuales luchan por la influencia en Sudán. La instalación de una base rusa en el Mar Rojo, acordada ya con el Gobierno militar sudanés, y la intención de Irán de construir una base naval permanente en su costa han alertado también a las potencias occidentales.

La violencia sexual, la escasez de alimentos y la hambruna son también armas de esta guerra civil.

¿Soluciones a la vista?

Las acusaciones cruzadas entre bandos son permanentes, y se entrelazan también con el apoyo de las facciones nacionales enfrentadas en la guerra europea de Ucrania-Rusia. Según los distintos señalamientos, los Emiratos Árabes Unidos (EAU) supuestamente enviaron armas a las RSF y han brindado apoyo político. Del mismo modo Chad supuestamente facilitó las transferencias de armas de los EAU a través de su territorio. Las RSF también estarían vinculadas comercial y logísticamente con el grupo mercenario Wagner, entre otras entidades rusas. Por otro lado se acusa a las Fuerzas Armadas de Sudán de recibir asistencia de Egipto y de haber establecido relaciones con China e Irán. Sin embargo, y más allá de acusaciones y trascendidos, diplomáticamente ambas partes están aisladas. Estados Unidos y la Unión Europea han impuesto sanciones financieras a los líderes de ambos lados, por considerar que alimentan el conflicto. El Gobierno de Sudán ha asegurado tener pruebas de que operan combatientes extranjeros en las filas paramilitares.

El bloque de África Oriental IGAD y la Unión Africana han procurado ser mediadores en las conversaciones procurando presionar a las dos partes para que aceptaran un alto el fuego en función de la escalada del conflicto que está desestabilizando la región. Asimismo, grupos de asistencia humanitaria procuran sin éxito generar campañas para mitigar la crisis. Pero la violencia sexual, la escasez de alimentos y la hambruna son también armas de esta guerra civil. A mediados de diciembre pasado las Fuerzas de Apoyo Rápido invadieron la región de Al Jazira, la zona agrícola más desarrollada del país para forzar una leva de ciudadanos necesarios para nutrir sus filas. El grupo armado ha utilizado la escasez de alimentos como arma, reteniendo provisiones en un intento de coaccionar a hombres y niños para que se unan a sus filas, según relataron testigos a CNN. La guerra también ha limitado el acceso a internet y las RSF estarían aprovechando el apagón de comunicaciones para extorsionar a la población civil cobrando a los residentes por utilizar internet para las transferencias bancarias, apropiándose además de un porcentaje de la cantidad que se envía desde el extranjero.

Finalmente, los campamentos de refugiados sufren el acoso de los bandos contendientes y de las mafias desarrolladas al calor del desgobierno. Más de una cuarta parte de los 108 asentamientos han sido atacados más de una vez desde abril de 2023. Según una investigación de Sky News, más de 180 incendios ocurrieron en los asentamientos, con 108 aldeas, pueblos y ciudades afectados desde el inicio de la guerra. Los incendios son otro elemento de una guerra que ha provocado el desplazamiento forzado de millones de personas. Un exfuncionario británico en Sudán, dijo a Sky News que los repetidos incendios constituyen un intento deliberado de infundir un gran nivel de miedo y violencia extrema para someter y expulsar a la población.

No hay un horizonte cercano de solución al conflicto y en consecuencia resulta evidente que los horrores de esta crisis se seguirán extendiendo. Por sus consecuencias humanitarias, y por sus lazos geopolíticos, es de esperar que la guerra que se desarrolla actualmente en Sudán se convierta en una de las tragedias más grandes del siglo.

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