Episodio 86
Criar para soltar: por qué el vínculo con los hijos adultos se siembra desde que son pequeños
Conversamos con Raquel Ramos y Penny Alonso sobre cómo cultivar el vínculo desde la infancia, transformarlo en cada etapa y sostenerlo cuando los hijos ya eligen libremente si quedarse cerca.

Episodio 86
En este episodio de Vivas y Plenas, conversamos con Raquel Ramos y Penny Alonso : que los hijos vuelen tan alto como el destino les permita sin que se rompa el lazo. Porque llega un día en que ya no están obligados a estar con nosotras, y lo que decidan entonces depende casi por completo de lo que se haya sembrado mucho antes.
En esta conversación exploramos cómo se cultiva el vínculo desde la infancia, cómo cambia el papel de la madre en cada etapa y qué hay que dejar ir para que la relación sobreviva a la adultez. Porque criar termina siempre en la misma paradoja: se sostiene aquello que se suelta.
Los hijos son como una semilla
Raquel abre la conversación con una ilustración: los hijos son como una semilla que una tiene en la mano, y según como se la riegue va a crecer el fruto. Desde que son pequeños, la manera en que interactuamos con ellos y les mostramos cómo funcionan las relaciones es la que define lo que va a pasar después. Y el después es concreto: llega un momento en que ya no están obligados a ser nuestros hijos ni a estar con nosotras, y solo van a anhelar esa relación si se cultivó desde el principio.
Penny, madre de tres varones, coincide y le agrega algo que suele quedar afuera de las conversaciones sobre crianza: disfrutarlos. Cuenta el efecto de esos videos donde una mamá baila y le pide al hijo que grabe, pero lo que en realidad queda registrado es la cara del niño mirándola. Una madre que disfruta su maternidad crea vínculo por el solo hecho de estar feliz.
De cuidadora a compañera de camino: las etapas de una madre
Raquel explica que lo que más la ayudó fue entender que los hijos tienen etapas, pero que las madres también necesitamos crecer con ellos. Cuando son bebés somos cuidadoras y les damos seguridad. Cuando son niños enseñamos y ponemos parámetros. En la adolescencia pasamos a ser una especie de entrenadora que acompaña desde la esquina: esta situación se trabaja así, ahora vas. Y cuando son adultos ya no se trata de dirigir sino de caminar al lado, ser amigas, escuchar y preguntar.
El cambio de fondo está en el tipo de pregunta. En lugar de dar la respuesta, Raquel propone preguntar por qué están tomando esa decisión, para que sean ellos quienes lleguen a sus propias conclusiones. Y cada hijo pide algo distinto: con una de sus hijas la conversación se abre por teléfono, preguntándole cómo está; con la otra hay que pasar tiempo juntas hasta que en algún momento se abre una ventana y aparece la conversación.
Hacer la pregunta correcta, y saber recibir la respuesta
Penny cuenta que con varones el clásico “¿cómo estás?” siempre devuelve el mismo “bien”, así que tuvo que aprender a hacer preguntas que efectivamente abrieran algo. Pero el verdadero desafío, dice, no está en la pregunta sino en lo que viene después: conforme crecen, las respuestas dejan de ser las que una espera.
“La misma respuesta va a determinar cómo tú vas a responder”, resume. Y ahí está el punto: escandalizarse ante lo que un hijo cuenta puede ser exactamente lo que haga que decida no volver a contar nada. A eso se suma el instinto de dar soluciones, que en la conversación aparece con humor y con verdad, porque las madres ya vimos la película. Pero muchas veces los hijos no vienen a buscar una salida sino a ser escuchados, y basta con prestar el oído para entender el panorama completo.
Respetar una decisión que no es la favorita
Penny propone tres principios para la etapa adulta: hacer preguntas, no escandalizarse con las respuestas y respetar las decisiones aunque no sean las propias. Lo dice sin solemnidad: no es su decisión favorita, hay otras bastante más lindas, pero la respeta. A veces damos por hecho que con nuestros hijos no hace falta el respeto que sí tenemos con cualquier otra persona, y es justo al revés.
Flor Elena lo lleva un paso más allá. Si afuera todo el mundo respeta a esa persona y en casa la seguimos tratando como si tuviera cuatro años, esa persona no puede desarrollarse ni llegar a una adultez sana, con sus propios límites. Y está el temor, que el panel no niega: siempre vamos a tener miedo de que se estrellen. Es normal. Lo que no puede pasar es que sea el miedo el que responda todo el tiempo. Como aporta Yudy, el amor incondicional no depende de que tomen las mejores decisiones: se está ahí para celebrar la victoria y también para llorar y recalcular.
Meterse en el mundo de ellos
La historia más concreta del episodio es la de Penny y los deportes. Cuando sus hijos eran chicos y todo giraba en torno al deporte, se dio cuenta de que tenía dos opciones: ser la mamá que carga los bolsos y la comida, o ser la mamá que se sienta al lado a mirar. Eligió la segunda, y eso implicó aprender de deportes a propósito. Hasta hoy, buena parte de la relación con ellos se sostiene sobre eso.
Pero no funcionó igual con los tres. Uno de sus hijos no es deportista: le gusta la tecnología, leer, los museos, el arte, el cine. Y también tuvo que aprender ese mundo. La conclusión es que cada hijo tiene su propia puerta de entrada y encontrarla es más una cuestión de disponer el corazón que de técnica. Con los varones, además, esos espacios compartidos son los que abren las conversaciones difíciles: sentadas a ver un partido, en el entretiempo aparece lo que no aparecería de frente.
Penny agrega algo que rara vez se dice: los hijos también tienen que aprender a lidiar con las emociones de su madre. Ella ha tenido conversaciones donde lloró delante de ellos y después les explicó qué estaba pasando, porque el día de mañana van a estar con alguien a quien le pase lo mismo. La relación es de dos lados, sobre todo cuando ya son adultos y también pueden dar.
Los valores no se enseñan de la boca para afuera
Raquel insiste en que los principios no se transmiten enunciándolos, sino viviéndolos, y cita algo que la acompaña: instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él. Lo explica como un equipaje: lo que se forma en el corazón de un hijo se lo lleva puesto cuando sale de casa.
La prueba de que ese equipaje viajaba llegó en forma de historia. Una de sus hijas estudió producción musical en Berklee y compuso una canción tan pegadiza que uno de sus profesores organizó una reunión para usarla. Era para promocionar una bebida con cannabis. Mientras la contaba, los padres escuchaban conteniendo la respiración, porque su hija ya es adulta y podía decidir lo que quisiera. Dijo que no: prefirió que su canción no sonara en todas partes antes que verla usada para algo que no la representaba.
La maternidad no termina: se transforma
Solemos pensar que la maternidad tiene un final, dice Penny, y ella cree que lo que tiene es una transformación. Acompañar a un hijo mientras atraviesa una relación que no funciona, por ejemplo, es ver en acción todo lo que una enseñó, porque una cosa es lo que dijimos y otra bien distinta es lo que ellos absorbieron de verdad.
Estar consciente de que también nosotras podemos transformarnos y adaptarnos a lo que ese hijo necesita en cada temporada es, según Penny, lo que marca la diferencia entre una relación que se disfruta durante toda la vida y una que se va resintiendo. Y la recompensa está a la vista: verlos felices, cumpliendo sus sueños, formando su familia. Pero para eso hay que invertir intencionalmente.
Cuando forman su propia familia
Raquel comparte algo que escuchó recién casada y que le ordenó el vínculo con los suyos: cuando una se casa, su familia pasa a ser la que está formando, y aquella donde creció pasa a ser sus familiares. Eso mismo aplica cuando los hijos crecen: ahora tienen otro núcleo y otras prioridades. No significa quedar afuera, significa entender que el lugar cambió.
De ahí sale la advertencia más práctica del episodio. Si los sofocamos y queremos estar ahí todo el tiempo, vamos a encontrar resistencia. Si les damos espacio y hacemos que los momentos compartidos enriquezcan su vida —reír, viajar, hacer cosas juntos, y no solo tener conversaciones serias—, la relación cambia de forma pero continúa. Raquel suma una idea que vale para las dos partes: cada siete años cambiamos. Ni ellos son los mismos ni nosotras tampoco, y el riesgo es quedarse con la imagen del hijo de siete años, en la comida y en todo lo demás.
La pregunta que da miedo hacer
Hay una pregunta que atraviesa el final del episodio: ¿qué madre necesitan mis hijos en esta temporada? Varias de las presentes admiten que se la hacen a sí mismas todo el tiempo, pero que nunca se la hicieron directamente a sus hijos.
Penny sí lo hizo, cuando los tres se fueron a la universidad y ella se encontró con el nido vacío. Uno le respondió que no necesitaba nada, y esa respuesta ya le ordenó las cosas. Otro le pidió algo concreto que ella jamás habría adivinado sola. El desafío, reconoce, no es hacer la pregunta sino recibir la respuesta sin resentimiento: aceptar un pedido de espacio como un límite legítimo y no como un rechazo. Cuando le pidieron menos llamadas, ella lo resolvió así: si no puedo hablar con ellos, voy a hablar de ellos. Y se puso a orar.
Raquel cuenta que a ella la salvaron los mensajes de texto. Una foto que aparece de recuerdo en el teléfono, un “estoy pensando en ti”, una palabra que afirma. Sus hijas saben que no tienen obligación de responder, y justamente por eso funciona: llega sin presión y queda guardado.
El episodio cierra con una imagen de Flor Elena, la misma que usó en la boda de su hija: los hijos son águilas que tienen que volar tan alto como su destino, sus dones y su propósito les permitan, y las madres somos las anclas que los sostienen en oración y los impulsan a llegar.
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