De la integración woke al desencanto: la periodista Nikole Hannah-Jones revisa la educación de su hija
La creadora del 1619 Project admite que la apuesta por matricular a su hija en escuelas mayoritariamente negras y de bajos ingresos tuvo consecuencias académicas que años después la familia sigue evaluando.

La periodista y productora ejecutiva Nikole Hannah-Jones
La periodista estadounidense Nikole Hannah-Jones, conocida por impulsar el 1619 Project, ha reabierto el debate sobre segregación, desigualdad educativa y responsabilidad de los padres tras relatar las consecuencias que tuvo una decisión que tomó hace una década sobre la educación de su propia hija.
En un extenso ensayo publicado recientemente en The New York Times Magazine, titulado In Fighting for Every Black Child, Did I Betray My Own?, Hannah-Jones cuenta cómo ella y su esposo optaron por matricular a su hija Najya en escuelas públicas de Brooklyn predominantemente negras y de bajos ingresos, pese a disponer de recursos económicos para buscar otras alternativas.
La decisión, explica la también productora ejecutiva, estuvo estrechamente vinculada a sus años de trabajo sobre segregación escolar y a la idea de que las familias con mayores recursos no debían abandonar las escuelas a las que acudían principalmente niños pobres y pertenecientes a minorías.
En 2015, la familia matriculó a Najya en P.S. 307, una escuela pública de Brooklyn situada cerca del complejo de viviendas sociales Farragut Houses. Un año después, Hannah-Jones convirtió aquella experiencia familiar en otro ensayo para la misma revista, Choosing a School for My Daughter in a Segregated City, que generó un amplio debate nacional sobre la segregación en el sistema educativo.
“¿Sabías que mi escuela era así de mala?”
Una década después, la periodista admite que el resultado fue mucho más complicado de lo que había imaginado.
El nuevo relato comienza con una confrontación entre madre e hija. Cuando Najya estaba terminando séptimo grado y comenzó a investigar las mejores escuelas secundarias públicas de Nueva York junto a sus amigas, descubrió la distancia académica que separaba su centro de otros colegios de la ciudad.
“¿Sabías que mi escuela era así de mala cuando decidiste ponerme aquí?”, le preguntó a su madre, según relata Hannah-Jones en el suplemento editorial.
Najya llegó posteriormente a preguntarle por qué, teniendo los recursos para ofrecerle otras oportunidades educativas, había decidido no hacerlo.
La familia había elegido para la secundaria Urban Assembly Unison School, también en Brooklyn, un centro abierto a estudiantes sin los filtros académicos utilizados por algunas de las escuelas públicas más competitivas de Nueva York. Hannah-Jones destaca en su artículo el trabajo de la directora y de varios docentes, pero reconoce que las diferencias académicas entre unos centros y otros terminaron haciéndose evidentes.
Najya había obtenido buenas calificaciones, incluso en álgebra, pero al ingresar posteriormente en una secundaria mucho más exigente descubrió que no dominaba parte del contenido que supuestamente ya había aprendido.
La propia Hannah-Jones resume el dilema preguntándose cómo su hija podía haber conseguido A en álgebra y, al mismo tiempo, saber tan poco de la materia, y cómo una alumna considerada de honor había llegado sin preparación suficiente para afrontar las exigencias de su nueva escuela.
Tutorías para recuperar el nivel
De acuerdo al relato publicado por The New York Times Magazine, sus profesores detectaron las diferencias de preparación y coordinaron ayuda para que pudiera recuperar terreno. La adolescente recibió además tutorías privadas y terminó adaptándose: al cierre del semestre obtenía principalmente calificaciones de A y B y posteriormente aprobó el examen estatal de álgebra.
Pero el salto también tuvo otro coste.
Hannah-Jones explica que su hija pasó de estudiar en escuelas mayoritariamente negras, donde nunca sintió cuestionada su capacidad intelectual por su raza, a un centro predominantemente blanco y asiático donde sufrió comentarios racistas y estereotipos por parte de algunos compañeros.
El episodio terminó enfrentando a la familia con los dos extremos que Hannah-Jones identifica dentro del sistema: escuelas con mayores carencias académicas y alta concentración de estudiantes pobres, frente a centros de mejores resultados donde los alumnos negros pueden experimentar aislamiento o discriminación racial.
Un problema que supera a una familia
El caso personal se inserta en un problema más amplio del sistema educativo neoyorquino.
Las propias cifras de New York City Public Schools muestran que durante el curso 2024-2025 el sistema atendió a más de 906.000 estudiantes, de los cuales el 75,3 % estaba clasificado como económicamente desfavorecido. El alumnado era 42,3 % hispano, 19,3 % negro, 18,7 % asiático o de las islas del Pacífico y 16,1 % blanco.
La existencia de una población estudiantil diversa, sin embargo, no significa necesariamente que esa diversidad se reproduzca dentro de cada escuela.
Un análisis del Civil Rights Project de UCLA, elaborado con datos hasta 2018, concluyó que alrededor del 85 % de los estudiantes negros de Nueva York asistía a escuelas consideradas intensamente segregadas, mientras que los estudiantes negros y latinos también estaban desproporcionadamente concentrados en centros con elevados niveles de pobreza.
Un estudio nacional más reciente del mismo centro, publicado en 2024, encontró además que la proporción de escuelas estadounidenses consideradas intensamente segregadas —aquellas con entre cero y 10 % de estudiantes blancos— casi se triplicó durante las tres décadas analizadas, hasta alcanzar aproximadamente el 20 %.
Una decisión revisada diez años después
El texto de Hannah-Jones no presenta únicamente una crítica a las escuelas por las que pasó su hija. También funciona como una revisión personal de una decisión que la periodista había defendido públicamente desde 2016.
Ella y su esposo creían que enviar a Najya a una escuela mayoritariamente negra y de bajos ingresos podía contribuir a fortalecer ese centro y evitar reproducir un sistema en el que las familias con recursos abandonan determinadas escuelas en busca de otras más selectivas.
Diez años después, reconoce los límites de aquella apuesta.
Su hija, ahora de 16 años, considera que pagó parte del precio de esa decisión y ha cuestionado abiertamente por qué sus padres no utilizaron las posibilidades económicas que tenían para ofrecerle desde el principio una educación académicamente más exigente.
La propia Hannah-Jones termina confrontando una contradicción que atraviesa todo su ensayo: una familia puede intentar actuar pensando en la igualdad del sistema educativo, pero difícilmente puede transformar por sí sola las desigualdades estructurales de ese sistema.
Su experiencia, publicada diez años después de aquel primer ensayo sobre la educación de su hija, vuelve a colocar sobre la mesa una de las discusiones más persistentes de la educación estadounidense: qué ocurre cuando la defensa de la igualdad colectiva entra en tensión con la obligación de unos padres de buscar las mejores oportunidades posibles para su propio hijo.