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Del consenso de “Hispanic” al rechazo de “Latinx”: la identidad que no quiso ser reinventada

Básicamente, un grupo de académicos de izquierdas decidió que el español —lengua de género gramatical durante siglos— era inherentemente patriarcal, y que debían corregirlo en nombre de la “justicia”.

Imagen de hispanos con un cartel de 'latinx'

Imagen de hispanos con un cartel de 'latinx'NurPhoto via AFP

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El gobierno de Estados Unidos no adoptó el término “Hispanic” por romanticismo cultural ni por algún tipo de consulta masiva a las comunidades afectadas. Lo hizo, principalmente, por razones estadísticas, burocráticas y políticas en la década de 1970. Antes de esos años, las personas de origen mexicano, puertorriqueño, cubano y de otros países de habla hispana solían clasificarse simplemente como “blancos” en los formularios federales, o como grupos nacionales específicos. Esa invisibilidad estadística dificultaba demostrar tanto los índices de pobreza, como brechas educativas, disparidades sanitarias y casos de discriminación. Ante este hecho, numerosas organizaciones activistas presionaron para crear una categoría propia que permitiera reclamar recursos y protecciones.

En 1976, el Congreso aprobó la Public Law 94-311, que obligaba a las agencias federales a recopilar datos sobre los “americanos de origen o descendencia española”. Un comité ad hoc eligió deliberadamente “Hispanic” en lugar de “Latino”. Grace Flores-Hughes, quien fue una de las participantes clave, explicó años después las razones: el término se refería de forma precisa a personas de origen de habla hispana o de trasfondo cultural español; “Latino” resultaba demasiado amplio y podía incluir a italianos, portugueses o franceses; mientras que “Hispanic” ofrecía una categoría panétnica clara y útil para unir a mexicanos, puertorriqueños, cubanos y demás bajo un solo encabezado estadístico.

El término debutó en el Censo de 1980 y la Oficina de Administración y Presupuesto lo estandarizó. Ya para 1997 se añadió “Latino”, y desde el Censo de 2000 la categoría oficial es “Hispanic or Latino”. Sin embargo, “Hispanic” sigue siendo hoy el término histórico y legal principal, a pesar de que “Latino” ha venido creciendo en popularidad sin importar su origen como instrumento lingüístico del imperio francés de Napoleón III para distorsionar la identidad hispana de los antiguos territorios españoles en América tras sus procesos de independencia y así expandir su influencia en la región.

Pero, al grano: la distinción no es trivial. “Hispanic” pone el acento en el idioma español y los lazos con España (incluye a los españoles y excluye, en general, a los brasileños). “Latino”, por su parte, se centra en América Latina (incluye a los brasileños y suele excluir a los españoles). Ninguno de los dos nació de un consenso popular unánime. Fueron herramientas burocráticas para hacer visible a una población creciente. Y, sin embargo, funcionaron razonablemente bien durante décadas porque, al menos, respondían a una necesidad práctica: contar a la gente para poder atenderla.

La creación de un adefesio lingüístico con fines políticos

Esa lógica pragmática saltó por los aires cuando la izquierda cultural y académica decidió que no bastaba con categorizar: había que ideologizar. El resultado más grotesco de ese impulso es el término “Latinx”, el cual no surge precisamente de las barriadas de Los Ángeles o del Bronx, sino que nace en revistas académicas y se difunde desde las facultades universitarias como una alternativa “inclusiva” y “no binaria” a Latino/Latina.

Básicamente, un grupo de académicos de izquierdas decidió que el español —lengua de género gramatical durante siglos— era inherentemente patriarcal, y que debían corregirlo en nombre de la “justicia”. ¿El resultado? Una palabra que suena forzada en inglés, resulta casi impronunciable en español y genera rechazo masivo entre aquellos a quienes pretende representar. La enésima muestra de la desconexión de las élites progresistas con todo lo que se encuentre fuera de su ideologizado astrolabio.

Y es que los datos son demoledores. Según el Pew Research Center, apenas el 4 % de los hispanos en Estados Unidos usa “Latinx” para describirse a sí mismos o lo han llegado a usar en alguna ocasión. En varias encuestas, hasta el 40 % lo considera ofensivo. La abrumadora mayoría prefiere “Hispanic” o “Latino”, o directamente se identifica por su origen nacional. No por casualidad. La gente común no tiene tiempo ni interés en reescribir la gramática cada vez que un teórico de alguna universidad descubre un nuevo tipo de opresión.

Aquí es donde el fracaso de “Latinx” se conecta con la estupidez más amplia del lenguaje inclusivo. La misma lógica que produce “Latinx”, “Latine” o “elle” pretende remodelar una lengua viva para acomodar las sensibilidades de una minoría ideológica o encontrar nuevos molinos de viento contra los cuales luchar. El español no necesita que académicos le den lecciones de inclusión. Su sistema de género gramatical no equivale a subordinación, del mismo modo que “el mueble” no convierte a las mesas en víctimas del patriarcado. Forzar terminaciones en “-x” o “-e” no es progreso: es una forma de colonialismo cultural invertido que desprecia el uso real de millones de hablantes nativos.

El contraste con ciertos movimientos de décadas pasadas resulta sangrante: mientras otros activismos luchaban por derechos laborales o educación, movilizando a la gente en torno a causas tangibles o materiales, el activismo que impulsa “Latinx” ha venido luchando por cambiar una vocal. Y fracasa precisamente porque intenta convertir a los hispanos en sujetos de un experimento identitario en lugar de tratarlos como ciudadanos con preocupaciones concretas como empleo, seguridad, educación de sus hijos e inmigración ordenada.

Como era de esperar, parte de la izquierda estadounidense ha intentado capitalizar políticamente esta operación mediante el intento de fragmentación de la identidad hispana a través de categorías cada vez más sofisticadas y moralizantes, con el fin de crear un bloque homogéneo y progresista que pudiera movilizarse electoralmente. Un simple cálculo: si se logra que la gente se defina primero por su condición de “oprimida” y “no binaria”, será más fácil alinear su voto con la agenda cultural dominante.

Por supuesto, el problema con el que ha contado esta estrategia es que la realidad se ha resistido. Una parte significativa del electorado hispano ha mostrado creciente escepticismo hacia este discurso y claramente prefiere temas como el empleo y la economía a las discusiones sobre pronombres y si determinada manera de hablar puede estar fortaleciendo el patriarcado.

“Latinx”, lejos de unir, aleja a las comunidades a las que dice representar. Mientras las universidades, ciertos medios de comunicación y algunas corporaciones siguen usando el término con solemnidad, en la calle y en las mesas familiares suena a impostura. Y es que, el español ya era un idioma perfectamente funcional y capaz de incluir mucho antes de que alguien inventara la “x”, salvo para aquellas personas profundamente ideologizadas.

Puede decirse que el episodio deja una lección más amplia: las categorías estadísticas pueden ser útiles cuando responden a necesidades reales de medición y política pública, y se vuelven tóxicas cuando se convierten en instrumentos de ingeniería social. “Hispanic” nació como una herramienta burocrática imperfecta pero práctica. “Latinx” nació como un gesto ideológico y ha terminado siendo un símbolo del abismo que separa a la élite progresista de las personas en cuyo nombre pretende hablar.

Mientras dicha izquierda siga priorizando la pureza lingüística sobre los problemas concretos, seguirá generando rechazo en un amplio sector de una población que a lo largo de estas últimas décadas ha mostrado una clara preferencia por otros términos para referirse a sí misma, e incluso moldear parte de su identidad a partir de estos.

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