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Ni demócrata ni republicano: por qué el votante hispano sigue siendo el "swing voter" que define las elecciones en EEUU

Para intentar responder, VOZ habló con varios expertos hispanos en EEUU: David Alandete, periodista español y corresponsal para el diario ABC en la Casa Blanca con varios años de trayectoria en Washington; Emmanuel Rincón, escritor, consultor y analista político residente en EEUU; Daniel Chang, politólogo con máster en la American University; y Andrés Guilarte, encuestador conservador y vicepresidente de Investigación de Opinión Pública en EyesOver Technologies y Stratus Intelligence.

Un hombre sostiene un cartel de

Un hombre sostiene un cartel de "Latinos por Trump" en una protesta tras la victoria de Joe Biden en 2020AFP

Emmanuel Alejandro Rondón

EEUU ha entrado, oficialmente, en la recta final de campaña de cara a las midterms el próximo 3 de noviembre. Unos comicios determinantes que podrían definir cómo el presidente Donald Trump terminará su segundo mandato —con el respaldo o no del Congreso— y, por ende, cómo dibujará su legado para las generaciones futuras y el propio Partido Republicano, que ya está evaluando como será su vida después de que el fenómeno de Trump abandone la arena política.

Mientras las elecciones se aproximan, con mucho en juego —inflación, coste de la vida, carrera por la IA, debate migratorio, guerra en Irán y los asuntos de Venezuela, Cuba y Latinoamérica calientes— hay un electorado que podría definir muchos condados ambivalentes: los hispanos.

Si bien históricamente el electorado hispano ha sido marcadamente más demócrata que republicano por hechos sociopolíticos más circunstanciales que ideológicos, en los últimos diez años, esa tendencia ha ido cambiando considerablemente. Hillary Clinton fue la primera en sufrir una reversión en esa tendencia. Mientras el expresidente Obama sacó un 71% de los votos entre hispanos en 2012, la candidata demócrata solo obtuvo el 66% frente al presidente Trump en 2016, quien tuvo un desempeño similar al de Romney en 2012 y esto fue determinante para ganar estados pendulares que se definieron por un margen estrecho: Florida, Nevada, Arizona. Además, la participación del voto hispano fue aumentando levemente, pasando del 11% al 12%. En 2018, los demócratas mejoraron levemente el desempeño de Clinton, alcanzando el 69% del voto hispano, pero el número clave fue cuanta gente acudió a votar: “Un récord del 40% de la población hispana elegible para votar se presentó a votar en 2018. Eso fue un aumento de aproximadamente el 50% desde 2014, que fue aproximadamente el doble del aumento observado entre los estadounidenses blancos no hispanos”, reseñó CNN.

Ya para 2020, el votante hispano empezó, para sorpresas de mucho, a girar considerablemente hacia la derecha. Trump alcanzó el 32% de los votos entre este electorado, con los republicanos consolidando Florida, otrora estado pendular, como un bastión rojo. Algo similar sucedió con Texas, estado apuntado desde hace décadas por los demócratas y que realmente dio un giro aún más notorio hacia el GOP incluso en condados fronterizos como Zapata.

Para 2024, los hispanos definitivamente dieron el vuelco: Kamala Harris alcanzó solo un apoyo del 53% mientras Trump un 45% entre este grupo. Es decir, el respaldo de los hispanos a Trump superó los rendimientos de Ronald Reagan (37% en 1980 y 34% en 1984) y George W. Bush (44% en 2004). Sin embargo, dos años después, de cara a las midterms, parece que los hispanos podrían volver hacia el sendero del partido azul, especialmente impulsados por el costo de la vida, la inflación y las políticas migratorias de mano dura relacionadas al ICE.

Por eso, las dudas inmediatas son: ¿Por qué los hispanos se compartan como ‘swing voters’?, ¿por qué a los dos partidos tradicionales les cuesta entender a los electores hispanos?, ¿qué podrían hacer los partidos para asegurarse este electorado tan determinante en Florida, Texas, Arizona, Nevada, Georgia y otros estados pendulares que definen constantemente las generales y midterms? Para intentar responder estas dudas, VOZ habló con varios expertos hispanos en EEUU: David Alandete, periodista español y corresponsal para el diario ABC en la Casa Blanca con varios años de trayectoria en Washington; Emmanuel Rincón, escritor, consultor y analista político residente en EEUU; y Daniel Chang, politólogo con máster en la American University; y Andrés Guilarte, encuestador conservador y vicepresidente de Investigación de Opinión Pública en EyesOver Technologies y Stratus Intelligence.

Los cuatro coinciden en un punto de partida: hablar de "el voto hispano" como si fuera un bloque homogéneo es, de entrada, un error de análisis. "No existe un único votante hispano", advierte Alandete. "Un cubano de Miami, un mexicano del sur de Texas, un puertorriqueño de Orlando y un venezolano recién naturalizado pueden compartir idioma y poco más políticamente".

Algo similar explica el encuestador Guilarte: "El comportamiento del votante hispano varía considerablemente según su país de origen o herencia cultural, así como según el estado o la región de Estados Unidos donde viva". 

Chang llega a la misma conclusión desde otro ángulo, el de la antigüedad migratoria y el peso de la política exterior. "Existen electores hispanos que son de primera generación, otros que son de segunda o cuya familia lleva generaciones en Estados Unidos", dice. "Hay electores que han venido de Venezuela o Cuba, para quienes el tema de política exterior importa demasiado, y electores cuya familia viene de México o ha estado en Texas desde hace cientos de años, para quienes esos temas no les importan tanto". Rincón coincide con el mismo ejemplo puntual: los venezolanos y cubanos de Florida "son más republicanos por su lucha anticomunista", mientras que otros grupos hispanos reaccionan más a la política exterior de la Casa Blanca hacia sus propios países según quién esté en el poder en cada momento.

El bolsillo por encima de todo

Si algo une a los cuatro análisis es la centralidad de la economía. Rincón lo resume así: "El ciudadano hispano naturalizado estadounidense no diverge del votante tradicional en cuanto a sus principales necesidades, y la economía siempre es el punto número uno".

Guilarte añade varios otros temas que suelen importar a los hispanos, pero siempre manteniendo como prioridad la economía: "Contrario a lo que muchas veces han asumido los demócratas, el votante hispano no se moviliza únicamente por razones identitarias o migratorias, sino principalmente por la economía. La situación económica atraviesa ciclos de crecimiento y contracción, producto de factores tanto internos como externos a Estados Unidos, y esto lleva a que una parte importante de este electorado modifique su comportamiento de acuerdo con las condiciones del momento y su percepción del statu quo.

Después de la economía, temas como la inmigración, la seguridad y la educación también suelen ocupar un lugar importante entre las prioridades del electorado hispano". 

Chang, desde su óptica de politólogo, describe al elector latino como alguien "bastante pragmático", que "no está necesariamente partidizado" y que "busca premiar o castigar al partido que le ofrezca los resultados que necesita".

Alandete respalda esa lectura con datos del Pew Research, explicando que, en 2024, el 85% de los votantes hispanos dijo que la economía era muy importante para decidir su voto, una cifra que trepaba al 93% entre quienes apoyaban a Trump. "Eso dice mucho más que muchas teorías sobre identidad", sostiene el corresponsal de ABC. Según explica, ese fue justamente el mérito de Trump en 2024, haber logrado que la elección "se pareciera menos a un debate sobre identidad y más a un referendo sobre economía, seguridad y frontera".

Chang aporta el contraste temporal que explica el giro actual. Según su lectura, en 2024, "luego de fracasos, especialmente en el gobierno de Biden y el tema de la inflación", los electores hispanos apostaron por Trump y por el Partido Republicano buscando recuperar "esa bonanza económica del primer gobierno de Trump", cuando las minorías —asiáticos, hispanos y negros— gozaron de ingresos brutos récord hasta que la pandemia golpeó la economía mundial. Pero en 2026, con la economía "en una situación compleja, especialmente por los precios del petróleo y por la guerra en Irán", muchos hispanos simplemente se han vuelto más escépticos frente a los republicanos.

Eso sí, Chang aclaró que "esto no quiere decir que los hispanos volvieron al Partido Demócrata", sino que el votante hispano sigue evaluando resultados, y en este momento "no están tan felices con los resultados del Partido Republicano en el gobierno".

Por qué los partidos tradicionales no logran entenderlo

Los expertos coinciden en que ambos partidos han cometido errores de lectura, aunque discrepan levemente en el matiz. Rincón afirma que los demócratas no buscaron deliberadamente perder el voto hispano, algo que los republicanos sí parecen apuntar con sus políticas severas en materia migratoria, especialmente con las detenciones del ICE contra inmigrantes en procesos de asilo en condados de alta población hispana.

"No creo genuinamente que los demócratas hayan tenido alguna política particular para ir en contra de los hispanos", dijo. "Lo que pasa es que se fueron a un radicalismo tan estúpido, con sus políticas woke completamente desfasadas de los valores del votante hispano, que terminaron obligándolo a rechazarlos".

Chang plantea una explicación más estructural, ligada al propio carácter del bloque. Según él, el elector hispano es "el único bloque demográfico en Estados Unidos que hoy realmente no está partidizado", a diferencia de otros electorados ya consolidados en torno a un partido, donde "es difícil moverlos de un lado a otro". Esa falta de fidelidad estructural, sostiene, terminó jugándole en contra a ambos partidos por igual: los demócratas "creyeron que los latinos iban a votarlos de manera indefinida", asumiendo erróneamente que el voto hispano dependía únicamente del tema migratorio, y los republicanos, tras ganar en 2024, "consideraron que ya los tenían básicamente asegurados", sin ofrecer después los resultados prometidos.

Alandete lo enmarca en un problema más amplio de la propia capital estadounidense. "Washington tiende a convertir comunidades muy complejas en categorías electorales", dice. "Se habla del 'voto latino' como se hablaba antes del 'voto católico' o del 'voto sindical'. Pero cuanto más se integra una población en Estados Unidos, menos vota exclusivamente por cuestiones identitarias". A eso suma un problema de ritmo: "El electorado hispano cambia muy rápidamente. Hay millones de nuevos votantes, generaciones diferentes y una enorme movilidad geográfica y social. Los partidos elaboran estrategias pensando en la elección anterior, y cuando llegan a la siguiente, el mapa ya cambió".

Mientras tanto, Guilarte afirma que ambos partidos han tenido éxito y errores. Por ejemplo, describe que los demócratas han logrado hacerse con el voto hispano en estados progresistas como Nueva York y California, mientras que los republicanos lograron incorporar a los hispanos de Florida y Texas de manera más efectiva. Asimismo, mientras los republicanos lograron avances entre sudamericanos, los demócratas han hecho lo propio con centroamericanos.

"Esto responde a factores históricos y políticos propios de cada comunidad. Por ejemplo, entre algunos hispanos republicanos existe una fuerte aversión al socialismo, que asocian con sectores del Partido Demócrata", dijo Guilarte, quien después profundizó sobre las campañas de ambos partidos dirigidas a hispanos. "En segundo lugar, los demócratas entendieron desde hace muchos años la importancia de comunicarse en español con los hispanos en Estados Unidos. Mientras tanto, el Partido Republicano todavía se resiste, en algunas partes del país, a incorporar plenamente el español en sus campañas y estrategias de comunicación. Los demócratas también han hecho un esfuerzo considerable por incorporar candidatos y staffers hispanos, lo cual puede generar un mayor sentido de representación y pertenencia entre estos votantes".

ICE, el punto donde se quebró la estrategia republicana

Si hay un tema en el que casi todas voces convergen casi palabra por palabra, es en el diagnóstico sobre las redadas migratorias. Ninguno cuestiona el control fronterizo en sí, que lo describen como una demanda genuina y compartida por buena parte del electorado hispano. El problema, insisten, está en la ejecución dentro del país.

Rincón lo plantea con dureza. Reconoce que cerrar la frontera "era una necesidad muy importante para Estados Unidos" y hasta "una de las mejores políticas de Trump", pero cuestiona lo que vino después: "¿De qué sirve cerrar la frontera si después empiezas, dentro del propio país, a expulsar a personas con casos abiertos, o que al menos no tenían todavía una fecha final de expulsión, a encarcelar a gente sin ningún tipo de antecedente criminal, y a hacer todo este tipo de cosas que son muy impopulares en todo el espectro político, pero particular y especialmente entre los hispanos?". Su advertencia final apunta directamente a las midterms, ya que esa impopularidad, según su criterio, podría terminar devolviéndole el poder a los demócratas sin que el sacrificio político haya valido la pena.

Chang coincide en el diagnóstico, aunque pone el acento en la sorpresa del votante frente a la escala real de las redadas. "Aunque sí es verdad que Donald Trump se lanzó con una promesa explícita de deportaciones masivas, creo que muchos votantes hispanos no imaginaban que se iba a ejecutar de esta manera". Según explica, la mayoría de los votantes hispanos no se ve directamente afectada por las detenciones, pero sí tiene familiares o amigos que sí lo han sido, "y creo que eso los ha golpeado".

Alandete aporta el respaldo estadístico a esa misma lectura. Según una encuesta de agosto entre 1.500 votantes latinos de distritos competitivos que cita el periodista, ICE tenía una imagen desfavorable del 64%, mientras la economía seguía siendo una preocupación mayor que la propia inmigración.

"Hay una diferencia entre respaldar el control fronterizo y respaldar una política de detenciones que entra en comunidades, lugares de trabajo o familias establecidas desde hace años de forma indiscriminada, sobre todo contra gente que está en procesos de asilo o que acaba de perder una protección temporal", dijo. "Trump ganó terreno entre los hispanos precisamente porque dejó de tratarlos exclusivamente como inmigrantes. El riesgo para los republicanos ahora es volver a convertirlos en inmigrantes sin más".

Guilarte también explicó que hubo tres factores durante la Administración Biden que explican el respaldo históricamente alto que obtuvo el Partido Republicano entre hispanos en 2024: el manejo de la inflación, la narrativa de que los nuevos inmigrantes "se saltaban la fila" y accedían a ayudas que otros hispanos ya establecidos no tuvieron, y el rechazo al socialismo entre nuevos votantes de origen sudamericano. Esos tres factores, sostiene, se fueron diluyendo en los primeros dos años del segundo mandato de Trump, especialmente porque la economía no mejoró y porque el el rechazo a los recién llegados fue reemplazado, en ciertos sectores, por la percepción de que la política migratoria ya no distingue entre indocumentados y hispanos en general, "alimentada por casos reportados de ciudadanos estadounidenses de origen hispano detenidos, así como por detenciones y deportaciones de personas que tenían procesos pendientes ante el gobierno federal y no contaban con antecedentes criminales". 

Qué le queda por hacer a cada partido

Las recomendaciones de los cuatro expertos, de cara a las midterms, terminan convergiendo en separar la aplicación de la ley migratoria dentro del país del debate fronterizo, y volver a poner la economía en el centro absoluto del mensaje.

Guilarte también considera que los republicanos deben apostar más fuerte por la comunicación en español y por incorporar a más hispanos dentro del partido, algo que, según él, no tiene que ver con 'identity politics' sino con competir en un terreno donde los demócratas llevan décadas de ventaja. También sostiene que la política migratoria necesita un mensaje más claro y mejor comunicado: muchos hispanos que respaldaron a Trump querían orden en la frontera y la deportación de personas con antecedentes penales graves, pero ese apoyo se erosiona cuando la aplicación de la ley parece incapaz de distinguir entre quienes cumplieron con el proceso legal y quienes realmente representan una amenaza. 

Por último, el encuestador pidió profundizar el enfoque hemisférico que ya impulsan Trump y Rubio a través del Escudo de las Américas, sumándole alianzas económicas y respaldo a las instituciones democráticas en países como Venezuela, con la idea de que una región más fuerte reduciría la presión migratoria y le permitiría al Partido Republicano presentarse ante el electorado hispano como defensor de esos mismos valores.

Chang lo plantea en términos de continuidad histórica. Recuerda que republicanos como Bush padre, Bush hijo y el propio Trump lograron capturar el voto hispano cuando se concentraron en los temas que realmente le importaban a esa comunidad: "la economía y la seguridad" en 2004, y "la economía y la migración —especialmente en la frontera— en el caso de 2024". Su receta para el presente combina impuestos bajos y estabilidad económica con un giro migratorio específico, donde la Casa Blanca y el GOP se mantienen estrictos en la frontera, pero buscan "algún tipo de arreglo migratorio" para quienes ya están en el país, pagan impuestos y no han cometido delitos. "Creo que la mayoría de la población estadounidense está de acuerdo con eso", sostiene. "Solo que ninguno de los dos partidos ha logrado sintetizar ese acuerdo común en una política pública concreta".

Alandete propone una hoja de ruta parecida. Sugiere que la Casa Blanca insista en que "la prioridad de ICE son los delincuentes y las personas con órdenes de deportación", reduciendo así los casos que generan sensación de arbitrariedad, y que separe con claridad la política de frontera de la política hacia quienes llevan años radicados en el país. Pero coloca el verdadero centro de gravedad en lo económico, citando una encuesta reciente en Texas donde el 70% de los votantes hispanos desaprobaba la gestión del costo de vida y del precio de la gasolina, advirtiendo, a su vez, que los demócratas ya recuperaron ventaja en la pregunta sobre quién puede bajar los precios en los distritos más competitivos.

Rincón cierra con una idea similar, pero situada en el terreno específico de Florida. Menciona el descontento acumulado entre cubanos y venezolanos por la falta de avances concretos en la transición democrática que Trump prometió para sus países de origen, y remarca que ese malestar puntual se suma —no reemplaza— al reclamo económico y migratorio que atraviesa a todo el electorado hispano por igual.

Los tres coinciden, en definitiva, en que ningún partido logrará retener de forma estable a este electorado apelando únicamente a la identidad o a promesas de campaña sin resultados verificables. "Durante décadas, Washington miró a los hispanos como una minoría electoral. Cada vez se parecen más a lo que son: una parte enorme y heterogénea de la clase media estadounidense", sentenció Alandete. 

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