Un "premio de la paz" por la difamación contra Israel
El homenaje a Navi Pillay pone de manifiesto la podredumbre moral de las Naciones Unidas y del Comité Nobel.

La abogada sudafricana Navi Pillay
Hay decisiones malas y otras vergonzosas. Y luego está la concesión del Premio Nobel de la Paz de 2026 a Navi Pillay.
La elección no desentona en absoluto con un premio cuya historia ha demostrado en repetidas ocasiones que su nombre no garantiza en absoluto el mérito de sus galardonados. De hecho, esto no es una aberración para el comité noruego. Pero es un ejemplo especialmente flagrante de un patrón ya conocido: una élite internacional que se felicita a sí misma por promover la paz mientras premia a personas cuyos historiales se burlan de ese concepto.
Pillay, que presidió la Comisión de Investigación de las Naciones Unidas que acusó a Israel de cometer genocidio en Gaza, se ha convertido en un símbolo de la doble moral que impregna el sistema mundial. La mujer a la que ahora se homenajea en nombre de la paz presidió lo que más bien debería denominarse una "inquisición", cuyo único propósito era estigmatizar al Estado judío con una mancha sangrienta —una calumnia de sangre—. Como un tatuaje imborrable.
El término "genocidio" tiene una definición jurídica específica, que incluye el requisito de demostrar la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso protegido. Resulta ridículo sugerir que el comportamiento de Israel se ajusta ni siquiera remotamente a esa descripción, ya que se esforzó enormemente por evitar víctimas civiles e inundó Gaza de ayuda humanitaria.
El hecho de que Hamás siguiera robando los alimentos y los medicamentos, e impidiera que nadie más que sus matones entrara en los cientos de millas de túneles, nunca interesó a Pillay ni a los de su calaña. Tampoco señalaron jamás que la población de Gaza ha crecido en los últimos tres años. Menudo genocidio.
Aunque el informe de su comisión no era un veredicto judicial, la contundencia de su acusación era innegable, y Pillay desempeñó con regocijo un papel fundamental en la promoción de la mentira con fines perniciosos. Lo cual, como ahora vemos, ha dado sus frutos, y de qué manera.
No era, ni mucho menos, la primera vez que su comisión contribuía a avivar la campaña para presentar a Israel como un país excepcionalmente depravado. Pillay, antigua Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (2008-2014), fue nombrada para su último cargo en 2021. Fue entonces cuando el Consejo de Derechos Humanos de la ONU creó la "Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado" para elaborar un informe con el que difamar a Israel.
Y vaya si cumplió con sus colegas antiisraelíes, elaborando un documento mendaz sobre los "crímenes" israelíes en Gaza. Sus acusaciones reforzaron una narrativa falsa que presentaba a Israel no como un país en guerra contra bárbaros sádicos—miles de los cuales cruzaron la frontera el 7 de octubre de 2023 para violar, mutilar y masacrar a 1.200 israelíes inocentes, y secuestrar a otros 251—, sino como un Estado que comete abusos sexuales.
No hay nada nuevo en la depravación de los interminables intentos de la ONU por demonizar a Israel. Por lo tanto, no fue ninguna sorpresa que Pillay fuera elegida para dirigir la comisión.
Lo mismo ocurre con el hecho de que haya ganado un premio que hace tiempo se convirtió en un vehículo para la exhibición de virtudes por parte de la izquierda. En su testamento de 1895, el científico y empresario sueco Alfred Nobel, inventor de la dinamita, legó la mayor parte de su inmensa fortuna a la creación de premios en ciencia, literatura y paz.
Este último tenía por objeto reconocer los esfuerzos en pro de la fraternidad entre las naciones. Sin embargo, su historia posterior ha puesto de manifiesto en repetidas ocasiones el abismo que separa esos ideales de las selecciones del comité que lleva su nombre. En lugar de premiar de forma coherente las contribuciones significativas a la paz, el premio ha servido de plataforma para una ideología globalista que implica la inversión de lo correcto y lo incorrecto.
Pillay personifica esta podredumbre moral. Su nueva condición de galardonada es menos un honor que una marca de Caín.
Para agravar aún más esta mancha, su premio se anunció el 9 de octubre, dos días después de que Israel conmemorara el tercer aniversario de las peores atrocidades cometidas contra los judíos desde el Holocausto. La elección de la fecha pone de relieve la perversidad del premio y de su galardonada.