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4 de Julio: Declaración de Independencia

Como dijo Lincoln, el texto fundacional de EEUU ampara no la injusticia y la crueldad, sino su superación.

El 4 de julio de 1776 los representantes de los trece Estados norteamericanos, reunidos en Filadelfia, proclamaron por unanimidad la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Hoy hace 246 años, por tanto, que los representantes de los ciudadanos norteamericanos crearon un nuevo país. Hacía un año que había comenzado la revolución y faltaban otros siete para su reconocimiento por la antigua metrópoli. Lo que celebramos el 4 de Julio es, por tanto, la proclamación de una idea expresada en el segundo párrafo de la Declaración: 

"Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…"

El monumental edificio político que se construirá a partir de ahí, esa nación “concebida en libertad y consagrada a la proposición según la cual todos los seres humanos son creados iguales”, según  lo expresó Lincoln, se levantará sobre esta base: la idea según la cual el ser humano está dotado por su Creador de unos derechos a los que no puede renunciar y que no le pueden ser arrebatados. Y que de estos derechos se destacan tres fundamentales: el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a la búsqueda de la felicidad, que no a la felicidad, que ni Jefferson, autor del borrador de la Declaración, ni los demás representantes allí reunidos consideraron nunca un derecho.

Históricamente, esta idea es heredera de la Ilustración, que piensa en el ser humano como un ente libre y racional. Es de esta racionalidad primera de donde se deduce el derecho a la búsqueda de la felicidad, que es tanto como decir la autonomía del ser humano para avanzar en el camino de lo que considera su propio progreso. También procede del cristianismo y del judaísmo, por la afirmación de 1) la igualdad de todos y 2) un ser humano creado por Dios: uno solo, a su imagen y semejanza –adivinamos–, y no como instrumento ciego de una voluntad impredecible y caprichosa.

Si volvemos al primer párrafo del texto, que justifica la ruptura con la metrópoli inglesa por haber incumplido esta el pacto previo, comprobamos que la Declaración de Independencia recoge las ideas del filósofo inglés John Locke. Seguimos por tanto en la reflexión política de la Ilustración, con su concepción de la sociedad como pacto. De esa tradición y de esas ideas nacerá también la idea de la nación como resultado de un contrato entre quienes la constituyen. En el fondo subyace una tradición muy europea, y en particular anglosajona, de autogobierno. Como lo está también la tradición judía del pacto o la alianza entre el Señor y su pueblo, pacto fundador de este, que incorpora una promesa de salvación e hizo del pueblo judío testigo, ante el resto de los pueblos, de la presencia del Dios vivo, realidad evocada ya en los primeros pactos que comprometieron a los puritanos que llegaron a la tierra prometida de la costa este de Norteamérica para fundar una sociedad donde practicar su fe en libertad. Será la Constitución, promulgada en 1787, la que exprese con claridad estas ideas de fondo, esbozadas aquí con una muy sucinta exposición de principios y una breve pero contundente definición del ser humano.

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América.
Manuscrito de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América (Wikipedia).

Antes de volver a la lista de agravios que justifican la ruptura del pacto que unía a las colonias con la metrópoli, la Declaración hace alusión al futuro gobierno de la nación que acaba de ver la luz. Basada en los principios enunciados antes, se prevé la puesta en marcha de un régimen que habrá de garantizar el cumplimiento de los mismos: un régimen liberal pensado para asegurar la seguridad y la libertad de quienes lo componen. 

Lo que vendrá luego será, como no podía ser menos, una construcción que tendrá que contar con las realidades históricas, culturales y económicas de cada momento. La nación basada en la libertad y en la igualdad practicará una expansión imperialista, acabará  con las formas de vida –y las propias vidas– de los nativos norteamericanos, aceptará la esclavitud y luego la segregación, practicará discriminaciones de todo tipo, algunas de las cuales apenas han sido corregidas hace algunos años… Y sin embargo la existencia de estas injusticias, muchas veces brutales, en la construcción y la expansión de la nueva nación no resta un ápice de validez a los principios enunciados en la Declaración de Independencia.

Al revés, se podría decir: cuanto más flagrante haya sido la injusticia y la crueldad en las que los norteamericanos hayan incurrido, más se habrá afirmado la eficacia del principio enunciado en la Declaración –y luego en la Constitución–. La Declaración ampara por tanto, como dijo Lincoln, no la injusticia y la crueldad, sino su superación. Es el cumplimiento de la Declaración en la vida política de la nación la que ha permitido corregir y acabar con ellas. Y sólo la vigencia de la Declaración y la de las ideas que expresa garantizan que la corrección y la superación –el progreso al que alude el texto al hablar de “la búsqueda de la felicidad”– podrá ser emprendida y llegar a buen puerto. 

La historia de Estados Unidos no siempre ha sido ejemplar. Aun así, conserva ese carácter único y excepcional que le otorga el haber surgido de la afirmación de la vigencia de una idea con una inigualable capacidad de integración, y que era un desafío para la democracia liberal que estaba a punto de fundarse sobre ella: la de dar cumplimiento a esa definición del ser humano según la cual todos somos iguales y sujetos a derechos imprescriptibles. Y quienes proclamaron la independencia de los Estados norteamericanos estaban firmemente, y orgullosamente, anclados en un tiempo y una cultura, pero supieron dar luz a una idea con atractivo universal. Ese valor que tuvo desde el primer momento sigue vigente hoy en día y atrayendo a gente de todas las regiones del planeta, de todas las culturas, religiones y lenguas.


José María Marco, historiador; autor de La nueva revolución americana.