Stephen Miller, un jefe de gabinete para tiempos de guerra
Con la designación de Stephen Miller como jefe de gabinete, Trump envía un mensaje poderoso. No diluirá el movimiento MAGA. Lo hará más radical.

Stephen Miller este 6 de noviembre.
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Tras el dramático fracaso republicano de las elecciones de medio término, Trump tenía dos opciones: moderar sus políticas o radicalizarlas. La elección de Stephen Miller como su nuevo jefe de gabinete prueba que optó por la segunda.
Muchos republicanos a lo largo de todo el país, como producto de la reflexión por la derrota, propusieron que el presidente Trump debía relajar, sobre todo, la política migratoria —que ahuyentó a muchas comunidades hispanas del partido, principalmente en estados como Florida o Texas.
Sin duda, la política migratoria rígida, con deportaciones de ilegales o indocumentados sin distinción, afectó el desempeño republicano entre comunidades hispanas. Sin embargo, para gran parte de la base de Trump, sobre la que se sostiene el movimiento MAGA, esta es la razón principal por la que apoyan al presidente.
La moderación implicaba un riesgo, aunque podría tener réditos electorales. Los simpatizantes MAGA doctrinarios le reclamarían al presidente por no cumplir con la deportación en masa, una de sus promesas de campaña. Probablemente se hubiera roto la coalición, el movimiento MAGA se habría agrietado y se habrían abierto brechas para el surgimiento de nuevos líderes de la nueva derecha restriccionista. Pero la radicalización presenta sus propios riesgos, quizá con peores consecuencias.
Por querer tener una política migratoria severa, Trump se está quedando sin política migratoria. Al Texas dejar de ser un estado rojo, todo el avance en la seguridad fronteriza y las detenciones de ilegales podría desmoronarse. Al final, los partidos políticos están para acceder al poder, y sin los hispanos, que hoy son la minoría más determinante en Estados Unidos, el Partido Republicano tiene cuesta arriba la misión de recuperar la Cámara, el Senado y la Presidencia.
Pero parece que eso no le importa a Trump. Y es lógico. Trump no aspira a otro mandato. En su discurso de juramentación dejó entrever que, tras sobrevivir al intento de asesinato de Butler, su misión con la Presidencia es providencial. Dios lo puso en la Casa Blanca para cambiar por siempre y por completo a Estados Unidos. Cambios estructurales drásticos, muchos de ellos no populares, pero necesarios. Y muchos en la administración lo ven así: esta oportunidad es de solo una vez en la vida. Y hay que aprovecharla.
El costo puede ser alto: un Partido Republicano aporreado, sin mucho capital para ganar las próximas elecciones. Pero el trumpismo lo ve diferente: en noviembre de 2024 el país gritó fuerte y Trump está obligado a cumplirle.
Stephen Miller ha vivido un ascenso raudo en la política. Hace no muchos años era un dirigente estudiantil de consignas incendiarias. Se la jugó por Trump en la campaña del 2015 y poco a poco se fue integrando a su coalición, al punto de volverse una de las personas más cercanas e influyentes para el presidente. Porque Miller es un tipo de ideas, es leal y su carácter refleja en gran medida la tendencia global de fuerzas populistas, nacionalistas y agresivas. Y el movimiento MAGA se curte en medio del conflicto. Trump, desde que bajó las escaleras de la Trump Tower y anunció su candidatura, ha estado no en política sino en la guerra. Vive en una trinchera. Y alguien como Miller, que entiende la guerra como la extensión de la política —muy al sentido schmittiano—, es absolutamente pertinente.
Miller es el arquitecto del tono más agresivo de la administración frente a prácticamente cualquier tema: migración, economía o política exterior. Detrás de las medidas hay conceptos: defensa de la identidad, oikofilia, nacionalismo-imperial, purificación, remigración y civilización. Pudiera ser retorcida, pero Miller tiene su propia filosofía, que espanta a cualquier moderado.
Steve Bannon, que conoció bien a Miller, dijo para un reportaje de The New Republic que hay tres autores que han determinado la visión del ahora jefe de gabinete de Trump: Pat Buchanan, Samuel Huntington y Oswald Spengler.
Es una selección interesante y, en conjunto, diseñan una mente profundamente nacionalista, de sensibilidad civilizatoria, conciencia histórica y vocación de resistencia frente a la deriva que hoy atraviesa Occidente. Spengler es el gran profeta de la decadencia de Occidente; Huntington, realista, aboga por la preservación de una cultura, sobre todo por su valor frente a otras; y Buchanan es una de las primeras grandes voces de la derecha americana que cuestiona cierta ortodoxia republicana: se alza contra el globalismo, la secularización de Occidente, la migración masiva y la identificación automática del conservadurismo con el libre comercio.
Con la designación de Stephen Miller como jefe de gabinete, Trump envía un mensaje poderoso. No diluirá el movimiento MAGA. Lo hará más radical, apegado a la filosofía que Miller ayudó a trazar: la política como guerra, la acentuación del poder y el carácter imperial de Estados Unidos, la remigración, restitución de la soberanía y preservación de la identidad.
Es una apuesta por las formas combativas en la política, no condescendientes ni complacientes. Y, como ya han dicho tantos: es una designación para tiempos de guerra.
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