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VOZ

En enero Trump era un héroe para los venezolanos; ayer los republicanos perdieron en Doral. ¿Qué pasó?

Las razones son dos. Y pueden corregirse en los próximos meses. El Partido Republicano puede entrar en la contienda electoral por las presidenciales de 2028 con dos trofeos que nadie le quitará jamás al presidente Trump. Tan grande como fue la Caída del Muro de Berlín para Ronald Reagan.

En enero Trump era un héroe para los venezolanos; ayer los republicanos perdieron en Doral. ¿Qué pasó?

Donald Trump en El Arepazo, centro de reunión venezolano de Miami, en marzo de este año.AFP

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Luego de la extracción de Maduro el 3 de enero de este año, Donald Trump era percibido como un ídolo de los venezolanos, los cubanos y gran parte de las comunidades hispanas en Estados Unidos. Trump había logrado el milagro con el que tantos latinoamericanos llevaban más de dos décadas soñando.

Ese 3 de enero, desde temprano, cientos de venezolanos y cubanos salieron a celebrar en las calles de Doral, Little Havana o Hialeah. Banderas de Estados Unidos y pancartas en apoyo a Trump eran blandidas por enérgicos venezolanos, alegres con la bendición que el presidente les había dado.

Según una encuesta de la firma Meganálisis, en enero casi todos los venezolanos, dentro y fuera del país, estaban agradecidos con el presidente Trump. La encuesta, que entrevistó a más de mil venezolanos, halló que el 90% le reconocía al presidente la captura de Nicolás Maduro.

Sin embargo, en el Doral, la ciudad donde hace unos meses miles aclamaban a Trump por haber capturado a Maduro, ayer en la noche el Partido Republicano sufrió una derrota en las elecciones de medio término. Hoy la popularidad entre venezolanos del presidente Trump está por el piso y la mayoría, un 83% en la misma encuesta de Meganálisis, desconfía de sus intenciones. Si me hubiesen dicho esto hace unos meses, jamás lo habría creído. La captura de Maduro transformó a Trump en una suerte de semidiós ante los ojos de los venezolanos y, en cuestión de meses, en la ciudad popularmente conocida como Doralzuela, donde se concentra la mayor comunidad venezolana fuera del país, en la carrera para el Senado, la demócrata socialista Angie Nixon superó a la republicana Ashley Moody.

Al final ganó Moody, afortunadamente, pero no deja de ser inquietante que en lo que debería ser una de las municipalidades más republicanas del país, se haya impuesto una demócrata que, además, no fue capaz de llamar dictadura al régimen cubano y cataloga como "secuestro" la extracción de Maduro.

No obstante, Doral sí fue republicana alguna vez. Y sí contribuyó al triunfo del presidente Trump. En 2024, en la ciudad, el presidente Trump ganó con un margen amplísimo de 23 puntos: 61% a favor de los republicanos y solo un 38% para Kamala Harris. Y, en dos años, el progreso republicano quedó dilapidado.

Hay dos razones principales para explicar qué sucedió en el Doral y con la comunidad venezolana. La primera es de tres letras: ICE. El Doral fue una de las ciudades más castigadas por la severa política migratoria del presidente Trump, que empezó a detener migrantes ilegales o personas en situación irregular de forma indiscriminada, muchas veces sin criterio claro. El Doral está lleno de venezolanos que entraron legalmente a Estados Unidos y hoy atraviesan procesos migratorios que no implican ni la residencia ni la ilegalidad. Muchos de ellos, por cierto, tienen permiso temporal de permanencia y, aunque esta medida pudiera ser discutible hoy por hoy, es injusto insistir en que esos venezolanos vivían en la ilegalidad y lo sabían. Y muchas de esas personas fueron detenidas e incluso deportadas en los últimos meses.

Varias personas con las que hablé, que viven en el Doral, aún siendo ciudadanas estadounidenses, me comentaron que lo que se vivió en la ciudad fue un estado general de terror, que trascendía, por cierto, a los inmigrantes ilegales. Familias enteras evitaron salir a las calles por semanas solo para ahorrarse algún encuentro con un agente migratorio que les hiciera pasar un mal rato. Mucha gente me contó que tenían conocidos que, aun teniendo estatus legal, eran detenidos por varias horas.

Todo esto generó un ambiente de pánico que desencantó a miles de venezolanos con el presidente Trump. Muchos se sintieron defraudados. Fueron una comunidad trumpista, que acompañó al presidente Trump, que lo celebró, que lo defendió, y que aun así no quedó eximida de la severísima política migratoria, en muchos casos insensible e injusta. Y no se trata ni de amnistía ni de excepciones. Mucha gente vivió el pánico, aun siendo ciudadanos, porque tenían seres queridos que fueron detenidos o deportados pese a que atravesaban procesos migratorios que les brindaban legalidad en Estados Unidos.

(Digo esto porque yo pensaría que las comunidades de venezolanos trumpistas en el Doral, por supuesto, respaldan una política migratoria severa que corrija la deriva en la que Joe Biden metió a Estados Unidos con su irresponsable plan de frontera abierta e incentivos a la migración ilegal).

La segunda razón lleva nombre y apellido: Delcy Rodríguez. Quien era la vicepresidente de Maduro, y que comparte tanta responsabilidad como el recluso de Brooklyn en los crímenes cometidos por el chavismo, se convirtió en la líder de facto de Venezuela por voluntad del presidente Trump. Aunque la decisión es comprensible y hoy la mayoría de los venezolanos entiende que esta fue la manera en que EEUU decidió avanzar en un proceso de transición ordenado y no abrupto, el trato y lo cómodos que se ven tanto Delcy como Trump generan mucha frustración.

Delcy Rodríguez es odiada profundamente por los venezolanos. Todas las encuestas desde enero reseñan un rechazo abrumador, en el mejor de los casos de más del 70% —aunque encuestadoras como Meganálisis hablan de más del 90%. Los venezolanos ven a Delcy Rodríguez como la continuidad de Maduro y la responsabilizan de los delitos que ejecutó el chavismo, como torturas, cárcel a disidentes o asesinatos políticos. Sin embargo, el presidente Trump, desde enero, ha asumido una retórica sumamente amable para referirse a Delcy Rodríguez, que implica elogios y alabanzas: "¡Ella es fantástica!", "¡Nos llevamos muy bien!", "¡Está haciendo un gran trabajo!".

El trato amable va más allá del pragmatismo con que razonablemente EEUU está manejando el caso venezolano. A mí personalmente me dan igual las palabras, que al final son ornamento, pero para muchos venezolanos cada elogio a Delcy Rodríguez es un golpe en el hígado.

Pensaría que ambas razones se conjugaron para desencantar a una comunidad que hoy se siente decepcionada de un presidente en el que depositó sus esperanzas, sus anhelos y sus simpatías políticas. Trump encontró en la comunidad venezolana robustos aliados para su agenda en la Florida y en otras ciudades, donde no solo se han asentado miles de venezolanos sino que entre ellos hay formidables líderes conservadores, como Daniel DiMartino y Franklin Camargo, que han acompañado al presidente Trump y que día a día trabajan para hacer a Estados Unidos un país grande, próspero, cónsono con la voluntad de sus Padres Fundadores, y donde impere la libertad —esa que quieren triturar los socialistas que, desafortunadamente, han ganado más espacio en un Congreso que les queda grande.

Aún las cosas pueden reencaminarse. Los venezolanos somos, en su mayoría, conservadores. Creemos en la libertad individual, una moral clara, las bondades del libre mercado y el amor a la patria. Todas estas son virtudes innatas al proyecto republicano. Creo que si las cosas se recalibran y, además, el presidente avanza concretando dos ambiciones clave en política exterior, que son fundamentales para la seguridad nacional de Estados Unidos, el panorama será muy diferente.

El Partido Republicano puede entrar en la contienda electoral por las presidenciales de 2028 con dos trofeos que nadie le quitará jamás al presidente Trump: una Cuba y una Venezuela libres. Pero libres de verdad. Ese sería un legado solo equiparable a la victoria de Ronald Reagan sobre el comunismo soviético y la caída del Muro de Berlín. Ambos son mangos bajitos. Ya el presidente Trump hizo lo más osado, y de una manera impecable, con la operación del 3 de enero. El resto solo necesita un poco más de iniciativa.

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