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VOZ

Irán y las elecciones: la seguridad nacional no se debe medir en escaños

Antes de convertirse en una discusión sobre votos o un desahogo en contra de uno de los secretarios más efectivos que ha tenido la Administración, Irán era una discusión sobre una bomba, sobre el avance, en materia nuclear, de un régimen que podía poner en riesgo a todo Occidente.

Logo del Departamento de Guerra/ Mandel Ngan

Una imagen de archivo del Departamento de EstadoAFP

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La seguridad nacional no puede estar condicionada por unas elecciones. Tras la derrota republicana en las midterms muchos insisten en que Irán fue un error e incluso ya hay quienes quieren ver al secretario de guerra, Pete Hegseth, fuera del Gobierno. Pero es importante resaltar que más allá de las causas de los resultados del 3 de noviembre, la obligación de proteger a Estados Unidos no podía supeditarse a los posibles riesgos electorales del Partido Republicano. La decisión de ir a la guerra exige un examen riguroso de la amenaza, las alternativas y los resultados; una derrota electoral, por sí sola, no demuestra que la decisión del presidente Trump fuera equivocada.

Antes de convertirse en una discusión sobre votos o un desahogo en contra de uno de los secretarios más efectivos que ha tenido la Administración, Irán era una discusión sobre una bomba, sobre el avance, en materia nuclear, de un régimen que puede poner en riesgo a todo Occidente. La línea roja del presidente Trump siempre fue clara: el régimen no podía obtener un arma nuclear. Esa fue la justificación de la Operación Martillo de Medianoche, ejecutada en la madrugada del 22 de junio de 2025 en Irán, contra Fordow, Natanz e Isfahán. 

Siete bombarderos B-2 y un submarino armado con misiles Tomahawk participaron en el ataque a esas instalaciones nucleares. Hegseth presentó una misión con un objetivo específico: impedir que Irán desarrollara un arma nuclear. Trump la defendió como una acción limitada para proteger intereses vitales estadounidenses. Se trató de emplear la fuerza para frenar una amenaza, incluso aunque la factura política pudiera llegar después. El presidente llegó a decir claramente que no iba a apresurar las cosas con Irán solo porque se acercaban las elecciones de medio término. Y muchos lo aplaudieron en ese momento, lo que menos se quería era perjudicar el avance logrado en Irán solo por calmar afanes políticos.

El secretario de Estado Marco Rubio planteó en junio de 2025 un asunto fundamental: ¿para qué necesitaba Irán acumular uranio enriquecido al 60%, un nivel que facilita el salto al aproximadamente 90% utilizado en armas nucleares? Estados Unidos y sus aliados europeos ya habían advertido ante el OIEA que Irán era el único país sin armas nucleares que producía y acumulaba material al 60%. El peligro señalado por Washington era esa capacidad en manos de un régimen que respalda organizaciones terroristas, amenaza a Israel y grita “muerte a América”. Por eso, Hegseth presentó la operación como un ataque de precisión para neutralizar la amenaza nuclear y proteger a Estados Unidos y sus aliados. 

El secretario Hegseth defendió la operación como una aplicación de la paz mediante la fuerza: explicó que Trump había dado a Irán oportunidades para negociar y abandonar el enriquecimiento, pero encontró obstrucción y concluyó que debía actuar para impedir que el régimen obtuviera un arma nuclear. El objetivo era destruir o degradar severamente su programa nuclear. Hegseth insistió en que la misión tenía un alcance limitado y buscaba neutralizar una amenaza para Estados Unidos y sus aliados, sin perseguir un cambio de régimen.

El problema de Irán no nació con Trump, incluso Obama y Biden reconocieron que el régimen no debía obtener un arma nuclear, el problema es que sus respuestas estuvieron lejos de estar a la altura del peligro. Obama apostó por un acuerdo que alivió sanciones sin exigir que Teherán abandonara su apoyo al terrorismo y estableció restricciones nucleares dudosas. Biden intentó recuperar la fórmula diplomática. Impedir que el régimen siguiera acumulando capacidad para desafiar a Estados Unidos y sus aliados exigía una respuesta real y era un problema que llevaba años sobre la mesa.

Una cosa es preguntarse cuánto pesó la guerra con Irán en los resultados de las elecciones de medio término y otra, muy distinta, determinar si era necesario combatir esa amenaza. La primera exige analizar el comportamiento de los votantes; la segunda, examinar la inteligencia disponible, las alternativas y los riesgos de actuar o dejar avanzar al régimen. Confundirlas equivale a convertir las urnas en el único criterio de seguridad nacional. Una decisión puede resultar electoralmente costosa y ser estratégicamente necesaria, del mismo modo que una política popular puede poner en peligro al país.

Incluso si la Administración hubiera podido anticipar el coste electoral de la guerra, deberíamos coincidir en algo elemental: una amenaza grave a la seguridad nacional no puede abordarse calculando cuántos escaños están en juego. El deber de un Gobierno es proteger al país, aún si eventualmente implicara un golpe político a su partido. Además, reducir la derrota republicana a Irán ofrece una explicación demasiado cómoda. El peso de cada factor merece discutirse con datos. Si el objetivo es corregir errores, y no simplemente encontrar un culpable, el examen tiene que ir mucho más allá del asunto de Irán.

Incluso quienes discrepan de las decisiones de la Administración deberían reconocer la capacidad de ejecución demostrada por el secretario Hegseth y el Pentágono frente a una amenaza que Washington llevaba décadas intentando contener. Ahora, entre el descontento y los reproches por los votos perdidos, no podemos olvidar qué representa el régimen iraní. Durante varias administraciones el temor a una escalada —con sus consecuencias económicas y políticas— marcaron los límites de la respuesta de Estados Unidos, el presidente Trump rompió con eso. El partido republicano tendrá que reflexionar sobre los resultados de las elecciones de medio término, pero la lección no puede ser que conservar el poder en el Congreso importa más que afrontar una amenaza.



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