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Vincular las críticas a Soros con el antisemitismo no sólo es deshonesto sino que desvía la atención del verdadero antisemitismo

¿Es demasiado pedir que reservemos las acusaciones de antisemitismo para los casos que verdaderamente lo merecen?

Dado el sectarismo partidista imperante, hace tiempo que nadie debería sorprenderse de lo bajo y deshonesto que puede ser el discurso político. Pero ¿es demasiado pedir que reservemos las acusaciones de antisemitismo para los casos que verdaderamente lo requieren?

No debería ser difícil, pues abundan los ejemplos de antisemitismo, tanto de izquierdas como de derechas. Hay mucha culpa que repartir cuando se trata de las problemáticas asociaciones de políticos demócratas y republicanos con elementos antisemitas. Pero hay algo particularmente deshonesto en la forma en que la izquierda sigue insistiendo en que las críticas al multimillonario inversor/filántropo/activista político George Soros son verdaderamente muestras de un odio apenas disimulado contra los judíos.

El último ejemplo lo tenemos en la reacción a un discurso de Marco Rubio en el Senado. El republicano estaba suplicando a la Cámara que dedicara algo de atención al problema del colapso del imperio de la ley en las ciudades del país. Al hacerlo se refirió al gran número de fiscales cuyas campañas fueron financiadas por Soros y que esencialmente están destruyendo el régimen penal al negarse a hacer cumplir la ley y encarcelar a los delincuentes. Pero la respuesta de la izquierda en Twitter, y de comentaristas como Max Boot, de The Washington Post, fue clamar: 

Cada vez que los republicanos dicen “Soros” hay que oír “los judíos”. Por desgracia, esta retórica repugnante electriza a la base del GOP.

Lo que resulta especialmente irritante de esta patraña no es sólo que se ponga el grito en el cielo de esta manera cuando hay un amplio consenso sobre la existencia de una creciente ola de antisemitismo en todo el mundo, sino, sobre todo, que se trata de un argumento claramente deshonesto.

La Fundación Open Society de Soros es ampliamente reconocida como el mayor donante político del mundo, y financia causas y a políticos de izquierda en Europa, Estados Unidos y otros lugares, incluido Israel. Pero en los últimos años el célebre magnate ha estado especialmente interesado en transformar el sistema de justicia norteamericano y elegir fiscales de distrito que creen que se está juzgando y encarcelando a demasiada gente. El resultado, como Rubio y muchos otros han señalado con razón, ha sido catastrófico para la calidad de vida en los centros urbanos estadounidenses, ya que los fiscales financiados por Soros han socavado la labor de la Policía y convertido la delincuencia en una profesión de bajo riesgo. Los índices de criminalidad se han disparado y la Policía se ha visto desalentada a la hora de hacer su trabajo, pues muchos fiscales de ciudades como San Francisco y Filadelfia sencillamente no presentan cargos contra nada que no sea el más grave de los delitos –y no siempre.

El asunto no es sólo que Soros, en su afán por reformar el sistema de justicia, haya hecho posiblemente más daño al país que nadie de quien se tenga memoria; es que encima está orgulloso. Sólo una semana antes del discurso de Rubio, The Wall Street Journal publicó un artículo de opinión en el que el magnate izquierdista escribía: 

Por eso he apoyado la elección (y más recientemente la reelección) de fiscales que apoyan la reforma. Lo he hecho de forma transparente y no tengo intención de dejar de hacerlo. Los fondos que proporciono permiten a candidatos sensibles a la reforma sean escuchados por la opinión pública.

Así que no sólo no es difamatorio referirse a "los fiscales de Soros", sino que es algo de lo que el multimillonario presume.

Es cierto que Soros ha sido objeto de algunos ataques antisemitas reales durante su larga carrera en los negocios y el activismo político. También se le ha acusado falsamente de financiar al violento grupo protestatario Antifa y los disturbios de Black Lives Matter, aunque su apoyo a otros turbios activistas de izquierda, incluidos los que atacan a Israel, es demasiado real.

Soros sigue siendo el arquetipo del tropo tradicional sobre los judíos, el dinero y las supuestas fuerzas oscuras que manipulan la economía mundial. Pero es igualmente cierto que su historial como operador de hedge funds y especulador de divisas incluye actividades que tuvieron consecuencias devastadoras. Su puja contra la libra esterlina en 1992 prácticamente hizo quebrar al Banco de Inglaterra y costó a los contribuyentes británicos más de 3.000 millones de libras. Lo mismo hizo en Malasia y Tailandia en 1997, provocando una crisis financiera regional. Eso no excusa las reacciones antisemitas de quienes sufrieron pérdidas, pero el resentimiento por la forma en que Soros se beneficia de la miseria ajena difícilmente puede ser considerado poco razonable. Que los izquierdistas que se muestran horrorizados por los excesos del capitalismo pero están encantados con cómo gasta Soros gasta su dinero defiendan irreflexivamente al multimillonario es de una hipocresía de proporciones épicas.

Policía
(Gideon Tsang/Flickr)

Ya no es que el mantra de que las críticas a Soros son antisemitas sea falso. Es que muchos de los que se apresuran a recurrir a ese argumento deshonesto son ellos mismos culpables de auténtico antisemitismo.

El ejemplo más destacado lo brinda Randi Weingarten, presidenta de la Federación Americana de Profesores. Weingarten es un actor importante en la política estadounidense, ya que su sindicato es uno de los mayores donantes de los comités de acción política del Partido Demócrata y respalda la difusión de idearios tóxicos como la teoría crítica de la raza, que condona el antisemitismo. El año pasado, mientras trataba de defender el funesto papel que desempeñó su sindicato en la clausura de las escuelas durante la pandemia de covid, causando un daño incalculable a los niños, Weingarten de hecho culpó a los judíos del problema diciendo que formaban parte de “la clase propietaria" que quería privar al resto del “ascensor social”.

Sin embargo, esta semana Weingarten, que por cierto es judía, recurrió al argumento demócrata de que hablar de los fiscales favoritos de Soros es "la forma en que el antisemitismo echa raíces y se propaga". Lo cual es deshonesto y una maniobra de distracción.

A Boot le interesa utilizar la simpatía que algunos en la derecha estadounidense tienen por el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, un virulento crítico de Soros por su implicación en la política de su país, como prueba de que el GOP es antisemita y fascista. Las posiciones políticas de Orbán, que aboga por lo que él denomina "democracia iliberal" y por preservar el carácter étnico tradicional de su nación, no casan bien con el ethos político estadounidense. Pero, como líder elegido democráticamente, no es un fascista. Tampoco es un antisemita, ya que la comunidad judía de Hungría disfruta de una mayor seguridad que las de la Europa occidental liberal.

En el pasado, Boot fue conservador y un ardiente defensor de Israel, antes de cambiar de bando movido por su antipatía por el expresidente Donald Trump. Su aversión por el GOP le llevó incluso a unirse a la jauría de izquierdistas que atacan al Estado judío y simpatizan con sus enemigos en la Franja de Gaza en un momento en que sus libelos ayudaron a fomentar la violencia antisemita en las calles de las ciudades estadounidenses en mayo de 2021.

Para muchos izquierdistas se ha convertido en un lugar común asumir que cualquiera que no les guste, empezando por Trump, no sólo está equivocado sino que es antisemita, aunque haya abundantes pruebas que digan lo contrario. También es una forma de distraernos del hecho de que un número creciente de funcionarios demócratas electos, principalmente la Escuadra izquierdista del Congreso (The Squad), apoyan abiertamente al movimiento antisemita BDS y, como Weingarten, respaldan los esfuerzos por generalizar el odio a los judíos bajo el pretexto de la lucha contra la "supremacía blanca".

Los empeños ampliamente desacreditados de vincular las críticas a Soros con el antisemitismo no son sólo una distracción ante el auténtico antisemitismo. La persistencia y  popularidad de esa línea de ataque hace que los esfuerzos por unir a los dos grandes partidos y a los estadounidenses contra esta forma nociva de odio sean prácticamente estériles. La triste verdad es que un país en el que la acusación de antisemitismo se ha convertido en un denuesto político barato y en una artimaña para encubrir la verdadera persecución contra los judíos es un país en el que se han derribado los muros de contención contra los prejuicios.

© JNS