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De cómo los medios de comunicación abrazaron lo 'woke' y se olvidaron de la clase trabajadora (y de los judíos)

Mientras los 'mass media' no sólo exacerben nuestras divisiones, sino que se beneficien de ellas, es difícil ver un camino que nos permita salir de este abismo de 'wokeness'.

¿Cuánto de lo que está mal en el país puede atribuirse a los medios de comunicación? Gran parte de la profunda división entre la izquierda y la derecha -con un espacio cada vez más reducido en el centro- se debe a que la mayoría sólo leemos, escuchamos y vemos los medios que confirman nuestras ideas preconcebidas, al tiempo que rechazamos e incluso despreciamos a los que no lo hacen. Hasta cierto punto, se trata de que los medios simplemente dan a la gente lo que quiere. Sin embargo, la polarización también se ve magnificada por unas estrategias premeditadas, ligadas a lo comercial, que despliegan entidades periodísticas que magnifican y explotan esa división.

En parte se debe a que el periodismo ha experimentado una transformación radical en los últimos años. La cultura mediática que valoraba la búsqueda de la objetividad, que alcanzó su apogeo en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ha sido en gran medida desechada y sustituida por otra en la que la mayoría de los periodistas, especialmente los más jóvenes, se burlan de la noción misma de objetividad. No en vano se ven a sí mismos como combatientes que tienen la misión de promover determinadas causas políticas.

Este tipo de sesgo es ya habitual en nuestra escindida cultura política, en la que la mayoría de los medios de referencia se alinean con la izquierda, ignorando o silenciando puntos de vista y perspectivas discrepantes. Lo cual ha socavado el papel esencial que la prensa ha desempeñado siempre en la democracia americana. El cambio en la cultura de los medios progresistas también ha sumido buena parte del diálogo político nacional en un pantano de ideología woke. Ello ha sembrado el pánico moral en lo relacionado con la raza y provocado debates necesarios sobre otros temas, también de tipo económico, que son, de hecho, mucho más urgentes para los americanos de a pie.

Pero lo que ha faltado en la mayoría de los análisis es un marco que sitúe este desarrollo en un contexto histórico y proporcione una comprensión más sofisticada del cómo y el porqué. Hacía falta desde hacía mucho un estudio de este tipo. Ya no. En Bad News: How Woke Media Is Undermining Democracy ("Malas noticias: cómo los medios woke están socavando la democracia"), Batya Ungar-Sargon, redactora jefe adjunta de Opinión en Newsweek, ha realizado una investigación de calado sobre la decadencia del periodismo estadounidense y el papel que la clase y el esnobismo de las élites ha tenido en la erradicación de los intereses de la clase trabajadora en la agenda nacional. Al mismo tiempo, Ungar-Sargon ha proporcionado una explicación de por qué todo esto ha contribuido a avivar las llamas del antisemitismo.

Pero lo que hace que estas reflexiones sean especialmente importantes es que no estamos ante otra andanada partidista destinada a dar bombo a uno u otro bando de nuestras guerras político-culturales. Ungar-Sargon, ex responsable de Opinión en The Forward, es una mujer de izquierdas y considera que la desigualdad de ingresos es el problema más acuciante del país. Sin embargo, al poner el espejo sobre la prensa contemporánea y rastrear las raíces de su giro hacia lo woke, y al hablar de los cambios tecnológicos y económicos y de los inicios del periodismo estadounidense, ha compuesto un retrato demoledor de los medios.

Igual de importante es que su reconocimiento de la forma en que la ortodoxia woke está hundiendo a la prensa y perjudicando al país refleja el realineamiento de la política estadounidense, con los demócratas convirtiéndose cada vez más en el partido de las clases cultivadas y Wall Street y los republicanos, en el de la clase trabajadora.

Como escribe Ungar-Sargon, el partidismo en el periodismo no es nada nuevo. De hecho, en la época anterior a la Segunda Guerra Mundial la mayoría de los medios se situaban firmemente en uno u otro bando, factor que se veía mitigado por la pluralidad de cabeceras existentes. En la década de 1950, la ciudad de Nueva York tenía más de una docena, aunque incluso ciudades mucho más pequeñas solían tener más de una opción. Lo que a menudo se olvida es que, desde sus inicios en el siglo XIX, los periódicos estadounidenses han reflejado la condición económica de sus lectores tanto o más que sus posiciones políticas.

En el siglo XIX, el New York Sun de Benjamin Day -el primer diario de masas- se podía adquirir por un penique. Eso lo hacía asequible incluso para los lectores más pobres. The Sun y, más tarde, el aún más exitoso New York World de Joseph Pulitzer atendían a los intereses de las clases bajas, proporcionándoles tanto historias escabrosas de sucesos que reflejaban los problemas que vivían como apoyo a sus reivindicaciones laborales.

Por el contrario, el New York Times de Henry Raymond se dirigía a las clases altas, evitando el sensacionalismo de sus competidores y asegurándose de evitar el partidismo, ya que sabía que las empresas con dinero para gastar en publicidad no querían alienar a ninguno de los dos partidos mayoritarios. La historia del Times es especialmente instructiva, ya que su posicionamiento deliberado como periódico de las élites continuó bajo la égida de un empresario judío del Sur llamado Adolf Ochs, que lo adquirió en 1896. Bajo el liderazgo de Ochs y luego de su yerno, Arthur Sulzberger, el Times mantuvo ese estatus de periódico de referencia, al tiempo que hacía todo lo posible para evitar ser etiquetado como periódico judío. Lo hizo incluso hasta el punto de evitar la cobertura del Holocausto y de ser un persistente enemigo del sionismo, dando al Estado de Israel un trato duro y profundamente injusto.

El periódico está actualmente bajo la dirección de AG Sulzberger, bisnieto de Ochs. Sin embargo, en las últimas décadas ha experimentado un cambio radical, ya que ha abandonado su antiguo apartidismo para adoptar una posición en la que las ideas progresistas e izquierdistas, en particular con respecto a la raza, han permeado sus informaciones y reportajes, así como los editoriales. El punto álgido de esta deriva se produjo en el verano de 2020, después de que con la muerte de George Floyd cundiera el pánico moral sobre la raza. La redacción del Times se rebeló después de que se publicara un artículo de opinión, nada excepcional, del senador conservador Tom Cotton (republicano por Arkansas) sobre la necesidad de recurrir al Ejército para restablecer el orden si la Policía no conseguía poner fin a los disturbios provocados por Black Lives Matter. Los responsables de publicar una opinión que disentía del catecismo del BLM fueron primero humillados y luego expulsados del periódico, con la aquiescencia de sus editores.

Lo crucial en este punto es que la voluntad del Times de doblegarse ante su plantilla y ante sus lectores izquierdistas obedeció a razones tanto comerciales como de cultura periodística, y a la cobardía de sus directivos y propietarios.

El declive del periodismo impreso y el paso a internet acabaron con muchos periódicos, aunque el Times prosperó; porque, al igual que sus antepasados del siglo XIX, se dio cuenta de que la forma de sacar provecho del cambio era centrarse en un nicho específico. Los estudios han demostrado que el 91% de los lectores del Times son progresistas. Así, tiene sentido que solo publique noticias y opiniones que hagan sentir cómodos a esos lectores y refuercen sus complejos de superioridad frente a los "deplorables" de las clases trabajadoras que votaron a Donald Trump en 2016 y de nuevo en 2020.

Hablamos de gente que está dispuesta a pagar por las suscripciones digitales y cuyo nivel de formación e ingresos la convierte en un público privilegiado para la publicidad de alto nivel. Como destaca Ungar-Sargon, no hay la menor contradicción en el hecho de que la revista de estilo del Times lleve en portada la foto de una activista comunista y charlatana de la raza como Angela Davis y en la contraportada se anuncie un reloj de Cartier.

Todo esto se refleja también en la forma en que informan este y otros medios de referencia. Las crisis que afectan a los lectores más pobres, como la epidemia de opioides, reciben poca cobertura. Todo lo contrario que todo lo que tiene que ver con la raza incluso cuando los estadounidenses son mucho menos racistas que antes. También se vuelcan con lo que deja a Trump en mal lugar, como la patraña de su colusión con Rusia.

Esto es posible porque la mayoría de los periodistas son diferentes a sus predecesores. Hasta hace poco, la mayoría de los periodistas procedían de la clase trabajadora, no de las universidades de élite. Sin embargo, en el siglo XXI los puestos de los principales medios están casi exclusivamente en manos de ese tipo de egresados, que con toda probabilidad proceden de familias de clase media-alta y adineradas.

El enfoque en la raza y la aceptación de constructos ideológicos woke como la teoría crítica de la raza (TCR) y la interseccionalidad, que los jóvenes han abrazado, quedaron sobradamente de manifiesto en el Proyecto 1619 del Times, que falsificó la historia americana para pintar a Estados Unidos con un pasado torcido y como irremediablemente racista. Estas teorías no están motivadas por un deseo de mayor igualdad, como hacían aquellos periódicos del siglo XIX que reflejaban las opiniones de sus lectores de la clase obrera. La TCR y la interseccionalidad se oponen a la igualdad y ven la raza como una barrera permanente e insuperable.

Ungar-Sargon destaca que esto permite a las élites ignorar la desigualdad económica y "transforma la culpa económica en culpa racial". Además, obsesionarse con un problema que no se puede resolver permite a los acomodados mantener su estatus y concebirlo como consecuencia de su "virtud superior". Una de las grandes ironías de nuestra época es que la izquierda perpetúa la desigualdad y socava la democracia al tiempo que afirma defender lo contrario.

Por eso la clase trabajadora, a la que le gustaba Trump, fue barrida por el pánico moral racial. Y por eso, añade Ungar-Sargon, las élites progresistas del periodismo están dispuestas a asumir la TCR, que permite odiar a los judíos como beneficiarios del supuesto "privilegio blanco". De este modo, el gran awokening de la prensa también ha generalizado el antisemitismo, mientras los judíos progresistas de la élite miran hacia otro lado o ignoran este trágico desarrollo.

El retrato que hace Ungar-Sargon de una prensa hegemónica engreída, conformada por miembros acomodados de las clases cultivadas, es inquietante y explica en gran medida lo que está mal en el periodismo y en Estados Unidos en el siglo XXI. Ella confía en que pueda rectificarse, si los consumidores de noticias optan por "matar de hambre a la gente que se lucra con sus emociones" y la rabia y buscan comprender a quienes tienen puntos de vista diferentes y tallar espacios no políticos en la vida de la gente. Pero mientras los grandes medios de comunicación no sólo exacerben nuestras divisiones, sino que se beneficien de ellas, es difícil ver un camino que nos permita salir de este abismo de wokeness.

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